—Si perezco, déle usted esto al señor Benito.
Dos lágrimas asomaron a sus ojos al mismo tiempo.
—¿El señor Benito el Rato?—preguntó Peña.
Don Rudesindo no le oyó. Se había escapado ya por la carretera adelante para ocultar su emoción.
Por qué el nombre de su escribiente le producía en aquel instante tal enternecimiento, no podemos explicarlo. Acaso en las grandes crisis de la vida, se despierten vivas y súbitas simpatías en el fondo de nuestro ser, de las que no teníamos la menor sospecha.
El cementerio viejo, próximo ya a dedicarse al cultivo, era un pequeño cercado donde crecía la hierba y la maleza. Las cruces de madera se habían podrido. No había más testimonio de que tal recinto era mansión de los muertos, que dos calaveras incrustadas en la pared a entrambos lados de la puerta. Por cierto que estas calaveras, no produjeron una impresión grata en don Rudesindo. En don Pedro no sabemos; pero puede sospecharse que no sería más favorable. Tardaron algún tiempo en buscar sitio, porque las ortigas y zarzales impedían marchar y romper convenientemente a los combatientes. Mientras Peña, en compañía de los testigos contrarios, se ocupaba en esta tarea gravísima, el bueno de don Feliciano Gómez cometió la incorrección (¡Dios le bendiga por ella!) de acercarse a don Pedro Miranda, que descolorido, con la mirada atónita, el estómago encharcado por la cantidad fabulosa de tazas de tila que había tomado aquella noche, esperaba, arrimado a la tapia, que aquellos señores concluyesen, en la actitud de un reo de muerte.
—Hola, don Pedro; frío, ¿eh? ¡Caramba qué mañana!... ¡Mire usted que levantarse un hombre de la cama para esto! ¡Válgate Dios! (Silencio interrumpido por algunos eructos del infortunado Miranda.) Hubiera dado el dedo meñique, ¡el dedo meñique, sí! por no tener que asistir a una atrocidad semejante. Pero dicen que es un favor que no se puede negar. Bueno: que no se niegue cuando se trata de una ofensa grave... ¿Dónde está aquí la ofensa grave? Vamos a ver, que me lo digan, ¿dónde está? ¡Válgate Dios! ¡Válgate Dios! (Nuevo silencio y nuevos eructos de don Pedro, que concluye por doblar la cabeza sobre el pecho, con la misma resignación que si la pusiera sobre el tajo.) ¡Cuánto mejor sería estar metido entre las sábanas tomando el chocolate! ¿verdad, mi queridín?—profirió don Feliciano, poniéndole la mano sobre el hombro con gran familiaridad. Miranda dejó escapar un imperceptible sonido gutural.
—¡Ya lo creo!—siguió el comerciante.—Por más que me digan, don Pedro, yo no puedo creer que usted tenga gana de matar a don Rudesindo... Un vecino... que ha sido su amigo hasta hace poco... con quien se ha criado y ha ido a la escuela...
—No... yo gana... ninguna—murmuró don Pedro, siempre con la cabeza sobre el tajo.
—¡Velo usted ahí!—exclamó don Feliciano dando una gran palmada.—¡Lo que yo decía! Pues lo mismo le pasa a don Rudesindo, mi queridín. Y entonces, vamos a ver, ¿quién tiene ganas de matarse aquí? ¡A ver, que me lo digan!