Y paseó la mirada en torno, buscando contestación. Peña, Maza y Delaunay estaban lejos y ocultos por algunos cipreses. Don Rudesindo yacía arrimado también a la tapia, a unos cincuenta pasos de distancia. Entonces el comerciante, por una súbita y celestial inspiración, le hizo seña de que se acercase.
Don Rudesindo avanzó hacia ellos lentamente, con paso tímido y vacilante.
—¿Dice usted, mi queridín, que no tiene ninguna gana de matar a don Rudesindo?—preguntó el comerciante a Miranda.
—Ninguna—murmuró éste.
—¿Tendría usted, por casualidad, deseos de herirle?
—Tampoco. Yo siempre he estimado a Rudesindo—balbució el propietario.
—¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué decía usted?—gritó don Feliciano con triunfal exaltación.—Que usted siempre ha estimado mucho a don Rudesindo, ¿verdad, mi queridín? ¿Ha dicho usted eso?
—Sí, señor.
—Dime, Rudesindo (andando unos cuantos pasos al encuentro del fabricante de sidra). ¿Tienes deseos de matar aquí al señor don Pedro... un vecino... que ha sido tu amigo hasta hace poco... con quien te has criado y has ido a la escuela de don Matías el Churro?
—Yo, ¿por qué?—dijo el fabricante abriendo ansiosamente los ojos.