—¿Tendrías por casualidad deseos de herirle?

—Ni de hacerle el menor daño. Siempre le he tenido por verdadero amigo.

—¿Cómo es eso? ¿Eh? Por un verdadero amigo, ¿verdad?... Entonces, lo que corresponde aquí, en mi humilde opinión, es que os deis un abrazo.

Apenas había pronunciado don Feliciano estas palabras, cuando Miranda y don Rudesindo, por un movimiento simultáneo, avanzaron con ímpetu feroz el uno sobre el otro alzaron briosamente los brazos y se abrazaron con tal furia, que por poco se descoyuntan todos los huesos de la cavidad torácica. Don Feliciano en el mismo punto se despojó con violencia del sombrero, dejando al descubierto su enorme calva en declive, lo agitó con frenesí algunos segundos, y gritó: «¡Hurra!» no se sabe a quién; tal vez al dios astuto que le había suministrado tan famosa idea.

En aquel momento se acercaban los testigos. Al ver la escena se pararon sorprendidos. Mostráronse alegres de tal solución en apariencia, pero cada cual se separó por su lado, y aquella tarde en el Saloncillo Peña reprendió ásperamente a don Feliciano por su conducta. Llegó a afirmar que le había puesto en ridículo y que si no fuese porque se trataba de un amigo antiguo y persona de más edad que él, «le exigiría una jeparación».

—¡Una reparación!—exclamó el óptimo don Feliciano.—¡Qué más da que la exigieras, rapaz!

—¿Se negaría usted a batijse conmigo?—preguntó el ayudante con su voz campanuda.

—¿A qué habíamos de batirnos?

—A lo que usted quiera.

—Yo, a bailar un tango o una guaracha, mi queridín—respondió, y diciendo y haciendo comenzó a saltar por la sala dando las castañetas hasta que se le cayó el sombrero y quedó al aire la piedra de lavar que tenía por cabeza. Los socios se tiraban por los divanes, de risa. Peña dejó escapar algunas frases de desprecio, y se retiró amoscado y desabrido.