—¡Qué ha de estar!—profirió don Mateo.—Ahora en el verano pronto se seca. Además, toda aquella región es caliza y absorbe el agua fácilmente.

Los notarios le miraron con enternecimiento.

—Me ha dicho Pepe la Esguila—prosiguió—que los paisanos han visto saltar las liebres estos días en Ladreda.

—Ya lo sabemos,—dijo Sanjurjo.—Hoy, si no fuera por un quehacer que nos ha salido, hubiéramos ido a allá.

Al mismo tiempo hacía un signo de inteligencia a don Víctor.

—Pues Pepe debió de irse esta mañana con Fermo. Eso me dijeron al menos ayer noche.

Los notarios se miraron consternados.

—¡Qué le decía yo a usted, Sanjurjo!—exclamó don Víctor.

—Francamente, me engañó ese tuno... Bueno; alguna dejarán... Mañana iremos usted y yo, don Víctor.

Pero la noticia les había puesto tristes. Guardaron silencio obstinado. Dentro del salón se oían voces descompasadas, fuertes rumores. Alguna vez sonaba el agudo repique de la campanilla presidencial, llamando al orden.