Don Mateo, pesaroso de no haber acertado aquella vez a animar la conversación, la estableció de nuevo, encarándose con Sanjurjo.

—Hombre, parece mentira que usted con su defecto en la pierna, pueda dedicarse a la caza.

—¿Quién? ¿éste? Ahí donde usted le ve, corre como un galgo—exclamó don Víctor con cariñoso entusiasmo.—En cuanto se pone sobre la pista de la liebre, deja de ser cojo. Yo le digo que eso de la cojera lo ha inventado él para llamar la atención. Tan cojo es, como usted y como yo.

—¡Si usted me lo hiciera bueno!—profirió Sanjurjo, sonriendo con resignación.

Aquel toque de broma, les puso alegres. Don Víctor contaba las proezas de su compañero en diversas ocasiones. Un día, para correr mejor, se había puesto en cuatro patas: era una exhalación.—¿Cómo?—preguntaba don Mateo asombrado,—¿en cuatro patas?—Lo que usted oye. Sanjurjo se reía a carcajadas, afirmando que había aprendido a correr así de niño, cuando su cojera era más pronunciada y no podía competir con los compañeros. A su vez, ponderaba la poltronería de don Víctor, un tumbón que registraba hasta la más pequeña hierba por no ir adelante y cansarse. Don Víctor reía también, sosteniendo que no se levantaban liebres con las piernas, sino con los ojos. ¡Cuántas veces aquella obstinación suya había dado al fin resultado!—¿Se acuerda usted de aquel día de San Pedro, hace tres años, cuando me dejó solo cerca de Arceanes? ¿Quién levantó la liebre, usted que se fué con viento fresco, o yo que me quedé hurga que hurga por las matas?

La conversación se iba calentando con gran satisfacción de don Mateo que no podía ver a nadie triste a su lado. Cuando más embebidos se hallaban en ella, sin hacer caso bendito de los gritos y campanillazos que sonaban detrás de la puerta, ábrese ésta con estrépito y aparece la majestuosa figura de don Rosendo Belinchón, en un estado de trastorno difícil de pintar, los cabellos revueltos, algunos de ellos pegados a la frente por el sudor, las mejillas inflamadas, los ojos vidriosos, el nudo de la corbata en el cogote.

—¡Sanjurjo!... ¡Sanjurjo, venga usted!—dijo con voz alterada, sin saludar, sin ver siquiera a don Mateo.

El notario se levantó tranquilamente y entró en el salón con él. Don Víctor no hizo alusión ninguna a aquella repentina marcha. Quedó departiendo amigablemente sobre lo mismo que estaban hablando con don Mateo, el cual, aunque un poco sorprendido, no se atrevía a preguntar nada. Al cabo de un rato, apareció Sanjurjo, que cerró la puerta tras sí, y vino a sentarse con el mismo sosiego al lado de ellos, continuando su interrumpida conversación. Pero no se pasaron muchos minutos sin que de nuevo se abriese la puerta con ruido, apareciendo esta vez la persona rechoncha de don Pedro Miranda en estado igualmente de descomposición.

—¡Don Víctor, don Víctor, entre usted!

Tampoco saludó, ni vió siquiera a don Mateo. El notario se levantó gravemente y le siguió.