—¿Qué diablo significa esto?—preguntó don Mateo a Sanjurjo, después que se hubo cerrado la puerta.

Este hizo un vago ademán de desprecio levantando los hombros.

—¡Qué tonterías!—gruñó don Mateo.—¡Belinchón y Miranda, que en su vida se metieron en estos asuntos del ayuntamiento ni quisieron ser alcalde, tomarlo ahora con tanto apuro!

Las cosas habían cambiado mucho, en efecto. La lucha enconadísima que uno y otro bando sostenían en todos los terrenos donde podían, era más empeñada ahora en la corporación municipal que en ningún sitio. La tiranía de Maza irritaba de tal modo los ánimos de los amigos de don Rosendo, que apelaban a todos los medios imaginables para contrarrestarla. A todo trance querían procesarle por abuso de facultades. Para ello Belinchón había tomado a su servicio al notario Sanjurjo, que constantemente le acompañaba a las sesiones, levantaba actas y más actas de las arbitrariedades del alcalde, que pasaban al juzgado y allí se estancaban gracias a la mala voluntad del juez. Los del Camarote oponían notario a notario, actas a actas, quejándose de la insubordinación de la mayoría, de sus votaciones, en asuntos que no eran de su competencia.

Cuando terminó la sesión, don Mateo fué introducido en el despacho del alcalde. Estaba tomando una limonada purgante. Cada pocos días necesitaba uno de estos brebajes para desalojar la bilis que se le acumulaba en el estómago. Aquella lucha diaria desde hacía tres años le había echado a perder el estómago. Estaba aún agitado, convulso. Su risita sardónica de las sesiones, la calma despreciativa con que afectaba escuchar los discursos de sus contrarios, era pura comedia. Allá por dentro, la cólera le carcomía las entrañas, se le mezclaba a la sangre. ¡Cuánto trabajo le costaba reprimir los ciegos ímpetus de ira que a cada paso le acometían!

Dos de sus amigos comentaban la sesión, mientras él, silencioso, lívido, con sus eternas ojeras más pronunciadas aún, revolvía el líquido con una cucharilla. Don Mateo, como una de las poquísimas personas que permanecían neutrales en Sarrió, fué recibido con franqueza y agasajo.

—Siéntese usted, don Mateo. ¿Qué trae de bueno por aquí?

El anciano manifestó que venía a saber si era cierta la amenaza de suprimir la subvención de la banda en el caso de que fuese aquella tarde a la romería de San Antonio. El rostro de Maza se nubló. Era muy cierto. Que no contasen con socorro alguno del ayuntamiento si aquella tarde sacaban los instrumentos de la Academia... Don Mateo preguntó: ¿qué motivo?... Maza, después de rechinar los dientes como introducción, manifestó que no quería contribuir a solemnizar la entrada del personaje que iba a llegar por la tarde y se alojaba en casa de Belinchón.

—Sería capaz don Quijote de darse tono haciendo pensar a su huésped que la había llevado él para obsequiarle.

—Pero, Gabino, si todos los años ha ido. Nadie puede creer ni pensar semejante cosa. Considera que es la romería más importante del pueblo. Sería muy triste que las chicas no bailasen y se divirtiesen por una pequeñez como ésa.