—Pues nada, por hoy se suprime el baile. Lo siento mucho. Si quieren ir que vayan; pero ya saben a qué atenerse.

Fué imposible hacerle variar de resolución. Don Mateo rogó primero, se enfureció después, y con el derecho que le daban sus años y las nobles intenciones que siempre le animaban, y de las cuales nadie dudaba en la villa, dijo cuatro frescas a Maza y a los dos concejales que allí estaban presentes. Ni el bilioso alcalde ni éstos se enojaron. Uno llegó a decirle:

—Acaso tenga usted razón, don Mateo; pero, ¿qué quiere usted? La lucha es lucha. Está interesado nuestro amor propio, y hay que aplastar a esos canallas, o que ellos nos aplasten.

El anciano salió de las consistoriales más triste que enojado. En los tres años últimos eran incalculables los desaires y desabrimientos de este género que había padecido. A nadie encontraba ya propicio para secundar sus proyectos de recreo. En vano redoblaba su actividad para traer al teatro compañías de verso o zarzuela. Todas quebraban al poco tiempo. Porque predominando en las funciones el elemento del Saloncillo, ya se sabía que los del Camarote se retiraban, y viceversa. Y como para que el teatro se sostuviese era preciso el concurso de todos, el resultado era que los cómicos se escapaban siempre muertos de hambre. Lo primero que le preguntaban a don Mateo en las casas cuando iba a suplicar que se abonasen, era:—¿Se han abonado Fulano, Mengano y Zutano?—Si contestaba afirmativamente, ya se sabía lo que le decían:—Pues no cuente usted con nosotros.—Nuestro buen señor apelaba últimamente al engaño para comprometerlos; mas los enconados vecinos olían en seguida el torrezno, y aplazaban su contestación para después que se enterasen de «qué gente había». Y si esto pasaba en el arte dramático, ¿qué no sucedería con las notabilidades que en aquel lapso de tiempo habían posado su vuelo en la villa? Un famoso violinista, otro que tocaba un instrumento de madera y paja admirablemente, cuatro hermanos campanólogos, un moro que mostraba dos vacas sabias, un doctor inglés que traía un microscopio, el célebre gigante chino, una foca marina que decía papá y mamá, etc. A todos había protegido don Mateo. Pero su activa campaña de propaganda no les valió gran cosa. Todos los monstruos, tanto españoles como extranjeros, conocían de oídas a nuestro retirado coronel, y en cuanto ponían el pie en Sarrió, a su casa iban a llamar. El los acompañaba a ver al alcalde, los presentaba en el Saloncillo, los recomendaba al propietario del almacén donde pensaban exhibirse, y casi siempre encabezaba la suscripción para pagarles el viaje. En otro tiempo no se marchaba uno de la villa que no fuese contento y gordo. ¡Pero ahora! Ahora no estaba la Magdalena para tafetanes, según le respondían algunos.

El lugarteniente de don Mateo en todos los festejos era Severino, el de la tienda de quincalla. No había en la provincia quien le aventajase en fabricar globos elegantes, vistosos y bien proporcionados para que subieran sin dar tumbos. Tampoco en el arte difícil de levantar arcos de ramaje con transparentes para la noche, ni en disparar cohetes velozmente y a plomo. Pues bien; este ingeniosísimo varón, que tanto había regocijado a la villa con sus peregrinas invenciones, hacía ya mucho tiempo que permanecía inactivo. Cuando alguna vez le decía don Mateo, que pasaba siempre en su tienda algunas horas:

—Severino, ¿vamos a preparar algo para la víspera de San Antonio?

—¡Para qué, don Mateo, para qué!—respondía el tendero con desaliento.

—Una iluminacioncita de doscientos faroles nada más, un globo y algunos cohetes.

—¿Quiere usted que nos cueste a nosotros el dinero como la fiesta de Santa Engracia?

—Acaso los indianos suelten esta vez algo—murmuraba don Mateo.