—Vaya, no sea inocente. ¡Parece mentira que no los conozca! ¡Soltar! ¿Qué han de soltar esos guanajos si no...?

Unos y otros eran injustos con los indianos. Estos se mantenían en neutralidad absoluta, asombrados de que, hombres acaudalados como Belinchón, Miranda y otros, se apurasen tanto por cosas que no atañían a sus negocios particulares. Aquel puñado de personas sosegadas, en medio de la lucha feroz con que se agitaba la villa, semejaría el coro de las tragedias griegas, si no fuese porque éste sentíase conmovido por las desgracias o prosperidades de los héroes, se alegraba y se entristecía. Los indianos de Sarrió permanecían por entero indiferentes, adormecidos por aquella vida holgazana y metódica en que el recuerdo de sus trabajos y penalidades de América les llenaba algunas veces de horror, y hacía más amable todavía su situación actual. ¡Qué les importaban a ellos las votaciones del ayuntamiento, las perrerías que El Faro y El Joven Sarriense se lanzaban, ni los chismes que sin cesar traían conmovida a la villa! Mientras les dejasen dar vueltas por la mañana en la punta del Peón (y no había peligro de que nadie se lo estorbase), jugar al billar o al tresillo después de comer, y dar sus famosos paseos en pandilla a la tarde por los pintorescos contornos, lo demás no significaba nada. Tan sin cuidado les tenía, que sólo por rara casualidad, cuando estaban juntos, hablaban de los episodios de la lucha. Lo único que conseguía turbarles eran los telegramas noticiando el alza y baja de los fondos públicos, donde tenían invertido su capital. Por lo demás, eran ciudadanos modelo: no ofendían a nadie; comían lo que era suyo y habían trabajado con sus manos. Que no daban dinero para las funciones y holgorios. Esto no puede considerarse como un cargo grave. Ellos no veían la necesidad de tales fiestas. ¡Qué más se podía apetecer en el mundo que vivir en un clima benigno, comer, pasear, dormir tranquilamente las horas que a uno se le antojaran! Además, habían hecho un beneficio al pueblo, conduciendo al altar a una porción de señoritas de veinticinco a treinta, que, sin este inesperado socorro, se hubieran ido desecando tristemente. Ahora eran casi todas esposas obesas y tranquilas, madres de familia felices, rigiendo una casa bien abastecida.

Aunque antipáticos a los dos bandos, los indianos eran los únicos que se salvaban en aquel tiroteo incesante de los periódicos. Se contentaban con murmurar de ellos, llamarlos asnos cargados de plata; pero no se atrevían a aludirlos públicamente. No había razón para ello. Y eso que en Sarrió en el transcurso de tres años, se había alcanzado aquel grado de perfección con que don Rosendo soñaba; esto es, no existía la vida privada. Los actos de los vecinos, aun los de índole más íntima y secreta, salían a luz en la prensa, se comentaban, se censuraban, se ponían en ridículo. Nadie estaba seguro en el tabernáculo de su hogar. Si cruzaba con su mujer algunas palabras malsonantes, si castigaba con más o menos severidad a sus hijos, si andaba apurado de dinero, si salía por la noche a picos pardos, si se le atragantaban las ces en medio de dicción, diciendo reto y pato, en vez de recto y pacto, si comía con los dedos o se sonaba con ruido. De todos estos interesantes pormenores, daban cuenta al público El Faro y El Joven Sarriense, unas veces directamente, otras por medio de los famosos cuentos orientales ya mencionados.

Desde el ayuntamiento, don Mateo se fué al local de la Academia, donde le aguardaba el señor Anselmo, y le ordenó prudentemente que no saliese con la banda aquella tarde. A fuerza de transacciones y equilibrios, había conseguido hasta entonces sostenerla lo mismo que el Liceo. En éste, por supuesto, ni había representaciones teatrales ya, ni se bailaba sino en días señalados, como el de las Candelas, los de Carnaval y el de Santa Engracia. Pero don Mateo, a fuerza de actividad y diplomacia, había logrado que la mayoría de los socios siguiesen pagando las dos pesetas mensuales de la suscripción. Todas las demás instituciones de recreo en que la villa era tan rica, habían desaparecido.

Lo que traía preocupados a tirios y troyanos a la sazón era la venida del duque de Tornos. El vigilante y prudentísimo don Rosendo había averiguado por medio de sus agentes de Madrid, que el duque de Tornos, conde de Buenavista, emparentado con la real familia, embajador que había sido en Francia, mayordomo mayor de palacio, etc., etc., un personaje de mucho bulto en la corte y en la política, estaba decidido a pasar el verano en Sarrió para tomar los aires del mar, que le hacían mucha falta, con más sosiego que en San Sebastián o Biarritz. Saberlo Belinchón y escribirle una carta ofreciéndole su casa, fué todo uno. El Duque rehusó, como era natural, dándole gracias muy expresivas. Pero el buen don Rosendo que juzgaba un importantísimo triunfo la venida de tal personaje a su morada, y contaba con ayuda de él exterminar a sus contrarios, tanto insistió, valiéndose de toda clase de recomendaciones para conseguirlo, que el Duque concluyó por aceptar el ofrecimiento. Los del Camarote, que habían olfateado el asunto y les tenía con gran cuidado, obligaron a don Pedro Miranda a ofrecer también su casa, prometiendo abonar entre todos, los gastos que aquello le ocasionase. Pero el Duque ya estaba comprometido. No pudieron conseguir su propósito, aunque pusieron en juego bastantes influencias, lo que les llenó de ira y despecho, como acabamos de ver. Hay que advertir que el duque de Tornos pertenecía al partido moderado. Aunque en Sarrió ninguno de los dos bandos estaba bien definido en política, porque lo que les preocupaba era la lucha local, y se inclinaban siempre al partido vencedor, no cabía duda que en el Saloncillo predominaban los liberales, principiando por su eximio jefe. En el Camarote, los más eran retrógrados. La preferencia otorgada a los primeros era, pues, doblemente dolorosa.

Don Rosendo el año anterior había levantado un piso más a su casa. Lo que le decidió a aquella obra fué el nacimiento de otra nieta. Si el matrimonio seguía tan aprovechado, no cabrían pronto en la casa. Gonzalo hablaba de tomar otra; le faltaba independencia. Para que no se fuese, la aumentó su suegro de aquel modo. El piso entero fué destinado a la nueva familia. A fin de que estuviesen más independientes, la escalera no pasaba por el cuarto de los padres; pero al mismo tiempo había una interior de caracol que facilitaba el servicio de un piso a otro. Gonzalo podía entrar y salir de su casa sin necesidad de cruzar por la de sus suegros. Comían todos juntos, sin embargo.

Pues cuando se supo la aceptación del duque de Tornos, se le destinó el cuarto entero del matrimonio joven. Este bajó de nuevo a ocupar sus antiguas habitaciones. Arreglóse aún mejor de lo que estaba, y eso que estaba bien, pues Venturita había exagerado el lujo de la decoración. Pronto y con poco esfuerzo quedó convertido en una mansión digna del personaje que iba a albergar. En el Saloncillo se esperaba con ansia el telegrama del prohombre, anunciando su salida. El rostro de todos los tertulios expresaba gozo y triunfo, brillaba con la esperanza de que pronto podrían dar algunos golpes contundentes a sus adversarios. Estos andaban mohinos y recelosos, disimulando, no obstante, lo mejor que podían su despecho. Afectaban no conceder importancia a la venida del Duque. No faltó quien viniese a avisar en seguida a Belinchón de la zurdada del alcalde respecto de la música. Estaba empezando a comer cuando recibió la noticia. Con admirable serenidad, que debían envidiar sus enemigos, concluyó el plato de sopa que tenía delante, se limpió los labios, bebió un trago de vino, volvió a limpiarse los labios, y levantándose acto continuo, salió sin decir palabra. Como todos los grandes caudillos de que nos habla la historia, don Rosendo no perdía jamás el aplomo. En los momentos críticos, como el presente, era cuando a él le asaltaban las grandes ideas, las resoluciones salvadoras. Se fué al telégrafo y puso un parte al director de la orquesta de Lancia pidiéndole que viniese con ella a Sarrió y que señalase precio. El director contestó que llegarían a la noche.—«Perfectamente;—se dijo,—si la música no va a recibirle, al menos no se quedará sin serenata. ¡Y que rabien esos miserables!»

La llegada del duque de Tornos coincidía, como hemos visto, con la romería de San Antonio. La tarde estuvo como la mañana serena y alegre, sin pizca de calor; porque la brisa del Nordeste en Sarrió, como en todos los puertos del Cantábrico, refresca deleitosamente los ardores del sol en los meses de estío. Las romerías pertenecían a todas las clases sociales, pero muy particularmente a los artesanos. Gracias a esto no habían perdido nada de su primitiva alegría y animación. Desde por la mañana, bien temprano, grupos numerosos de muchachas salían de los arrabales y cruzaban la villa para tomar la carretera de Lancia, vestidas todas con la clásica falda de merino, negra o de color, y el floreado mantón de Manila atado a la cintura, zapatos descotados, pendientes de perlas, y la hermosa cabeza, sencillamente peinada, al descubierto. Su charla bulliciosa, sus frescas carcajadas despertaban a los vecinos que aún yacían entre las sábanas, les hacían sonreir beatamente trayéndoles al recuerdo otros días de San Antonio cuando la juventud chispeaba también en sus ojos y en la copa de la vida aún no había caído ninguna gota de hiel. ¡Quién no recordaría en Sarrió alguno de aquellos viajes a la ermita en una mañana límpida y suave, con las piernas ligeras y el corazón mecido dulcemente en la esperanza de ver pronto al dueño adorado y pasar el día cerca de él! El rumor de aquellas niñas era un soplo de alegría que desde la calle subía a las casas, entraba por los balcones invitando a soltar por algunas horas el fardo pesado de los quehaceres, de la ambición, de la envidia, de todas las ruines pasiones que consumen la mísera existencia humana. Y seguirlas, seguirlas a gozar del ambiente puro de la mañana, del verdor de los campos, de la rica leche incomparable que se vende en torno de la ermita, del juego a las cuatro esquinas y la deleitosa gallina ciega, de las habaneras lánguidas, los dulces caramelos y crucetas de la Morana, y tal vez que otra, cuando no se tiene una figura despreciable y se dispone de largos bigotes retorcidos, de sus besos más dulces y regalados aún (habiendo hecho algo por merecerlos, se entiende).

Pablito salió de madrugada acompañado de su fiel Piscis, montados en sendos caballos pujantes y amaestrados, trabajando unas veces del costado derecho, otras del izquierdo como era lógico. Para ir de esta suerte, no solamente había la razón de sus arraigadas inclinaciones, sino otra también muy atendible. El joven Belinchón hacía ya más de un año que no iba a las romerías y evitaba todo lo posible caminar a pie. Salía poco de casa, sobre todo de noche, procurando atravesar por las calles más céntricas, sin que por casualidad se le viese jamás solo. Tenía enemigos ocultos y encarnizados. Valentina, la blonda y saladísima costurera, había jurado por todos los santos del Cielo clavarle un puñal en la espalda. La razón no necesitamos decirla. Después de haber tenido un hijo con ella, la había abandonado y volaba otra vez, cual libre y pintada mariposa, posándose ahora en una, ahora en otra flor. ¡Buen trabajo le había costado, o por mejor decir, buen miedo! Cuando supo el juramento de su amante, que no le cogió de sorpresa, pues conocía demasiado bien su temperamento, para evitar aquella dolorosa muerte prematura, mandó repetidos emisarios ofreciéndola grandes cantidades de dinero, recoger y educar a su hijo, y mantenerla a ella sin trabajar. La feroz costurera había rechazado con indignación todas las ofertas. Reiteraba, cada vez que un embajador iba a verla, su horrible y sanguinario juramento. Como es natural, al hermoso mancebo no le llegaba la camisa al cuerpo. Que se ponga cada cual en su caso. Hubiera dado el coche y los caballos por poseer otros dos ojos en el cogote. Los que poseía, siempre que salía a la calle a pie, se entregaban, mira a un lado, mira otro, a un trabajo abrumador superior a sus fuerzas.

Pero con el tiempo, había ido adquiriendo alguna confianza. Valentina no salía apenas de casa. En romerías y bailes, después de su deshonra, no la había visto nadie. Pablito, que no la había tropezado todavía en la calle, se animó con los consejos de Piscis a ir a San Antonio. Montaron, pues, a caballo temprano, y se lanzaron por la anchurosa y empolvada carretera de Lancia sombreada un buen trecho a la salida de la villa, por grandes olmos. La vía era ascendente, aunque sin gran declive. A un lado y a otro, se extendía la risueña campiña de Sarrió, limitada por dos o tres términos de suaves colinas. Más lejos, descubríase la negra crestería de las montañas de Narcín, que se alzaban sobre el valle de Lancia, cubierto aún por la niebla. Volviendo la vista atrás, después de caminar un trecho, se señoreaba la hermosa villa que la luz matinal hería de soslayo, haciendo brillar aquí y allá alguna blanca fachada. Detrás, la vasta llanura del mar, que con los rayos oblicuos del sol naciente, ofrecía un color blanco lechoso.