Pachín, el buen Pachín, vestido de máscara, abrió la puerta y dijo con voz sonora que Ventura le había ensayado:

—La señora está servida.

El Duque ofreció su brazo a doña Paula y se trasladaron todos al comedor. Esta ocupó el sitio preferente por indicación previa de su hija. El Duque se colocó a su derecha; don Rufo a su izquierda; los demás se fueron sentando sin orden: Venturita a la derecha del egregio huésped, después Alvaro Peña, Cosío, Pablito, don Rosendo. Gonzalo al lado de Cecilia.

Y la comida dió principio, ceremoniosa, fría, con largos intervalos de silencio. Todos estaban cohibidos, aplastados por la grandeza del personaje que tenían delante. Este ostentaba una calva lustrosa que le tomaba casi toda la cabeza. Los pocos cabellos de la parte posterior y de los lados eran negros a pesar de sus cuarenta y seis años. Sus menores gestos eran observados con atención idolátrica. Las palabras que dejaba escapar, acogidas con una sonrisa de afectada complacencia y admiración. Las primeras que salieron de sus labios, después de algunas de cortesía, fueron para seguir admirándose de los contornos de la villa.

—Yo no conocía del Norte más que las Provincias—decía con su pronunciación lenta, arrastrada.—Encuentro este país muy superior a ellas en lo que se refiere al paisaje. Ofrece mayor variedad, más riqueza de color. Hay sitios agrestes allá en el puerto que hemos atravesado, comparables a los más decantados paisajes de la Suiza. Y al llegar a la costa, se encuentra la misma suavidad de las líneas, la misma dulzura en el ambiente, que en el Mediodía de Italia.

—¡Oh, señor Duque, usted nos favorece demasiado!—Pura amabilidad, señor Duque.—En el verano puede pasar este país; ¡pero en el invierno!

Don Rosendo, Alvaro Peña y don Rufo, inundados de felicidad y gratitud, se ruborizaban, rechazaban aquellos elogios, como si fuesen dirigidos a ellos. El Duque siguió hablando como si no hubiese escuchado siquiera sus exclamaciones.

—Es más abrupto que el de las Provincias, los tonos más pronunciados. He visto desde la carretera de Lancia hacia el Oriente, un término de montañas con las cimas nevadas aún, que es verdaderamente delicioso. Sólo le faltan al país algunos lagos, para ser digno de presentarse a los extranjeros.

—Tenemos un lago en el occidente de la provincia—dijo Peña.

—¿Un lago?—preguntó el Duque, levantando los párpados para fijarse en su interruptor.