—Sí, señoj: se llama el lago Nojdón.
El Duque dejó caer sobre el ayudante por algunos segundos su mirada vidriosa. Peña concluyó por turbarse. Después siguió, paseándola con esfuerzo por los circunstantes:
—En mi galería de Bourges, tengo un paisaje de Backhuysen con un fondo muy semejante al de esas montañas. Solamente que en primer término, aparece un lago cercado de maleza. A la derecha, hay unos cisnes sumergiéndose en el agua; a la izquierda, una barca con dos jóvenes campesinos. Lo he comprado por la delicadeza del colorido tan sólo...
—Al señor Duque le gustan por lo visto los buenos cuadros—dijo don Rufo plegando la boca hasta las orejas para sonreir.
—¿Y a quién no le gustan?—respondió el magnate clavando en él sus ojos muertos de besugo.
—¡Oh, sí, señor!... es verdad... tiene usted mucha razón. A todo el mundo le gustan... Pero es un vicio muy caro... Sólo los grandes potentados como el señor Duque pueden permitirse...
Don Rufo se confundía, creyendo haber dicho una necedad.
—¿El señor Duque posee muchos cuadros de los mejores pintores, según tengo entendido?—dijo a la sazón don Rosendo para salvar a su compañero.
—Tengo algunos—respondió el prócer echando agua al mismo tiempo en el vaso de Venturita.
Esta se estremeció de gratitud. La sangre se le agolpó al rostro.