—La suya es una de las primeras galerías de Europa—decía, en tanto, por lo bajo Cosío a Peña.
—Me gusta la pintura porque es el arte nacional—siguió diciendo el magnate.—Es el único en que hemos verdaderamente descollado, el único en el cual aún hoy florecemos... Porque yo, aunque he pasado la mayor parte de mi vida en el extranjero, amo mucho a mi patria—añadió con un amago de sonrisa en tono protector.
La patria, si pudiera escuchar aquellas benévolas palabras, se estremecería infaliblemente de gozo, como Venturita.
—La amo, confesando, no obstante, su degradación. La Naturaleza nos ha dotado con mano próvida de los más ricos dones. Un país fértil (no tanto como vulgarmente se cree, pero, en fin, fértil), admirablemente situado a un extremo de la Europa, tendiendo la mano a América al través de los mares. Un cielo, ¡oh, el cielo! no hay otro como él. El aire tiene aquí, sobre todo en el Mediodía, una transparencia... ¡Oh, una transparencia infinita! La desesperación de los pintores. En cambio esta transparencia da mayor pureza a la línea. En ninguna parte se destacan los objetos como aquí. En Castilla las torres se perciben a muchas leguas de distancia, con la misma dureza en los contornos que si estuviéramos a algunos pasos. Esto depende, claro está, de la altura a que se encuentra sobre el nivel del mar...
—Los países muy elevados sobre el nivel del mar, se ha demostrado que son los menos inteligentes—apuntó don Rufo, respirando por su manía fisiológica.
El Duque volvió la cabeza para mirarle y siguió como si no hubiese oído:
—Luego el admirable brillo del sol que hace más crudo el contraste entre la luz y la sombra y añade la oposición de las masas a la decisión de las líneas. Sólo aquí, en el Norte, el vapor acuoso que flota en la atmósfera, reblandece y borra un poco los contornos, los esfuma; pero en cambio la riqueza de los tonos es mayor. En el Mediodía los tonos de la tierra se extinguen por el esplendor preponderante del cielo, por la iluminación universal del aire: ¡pero aquí! ¡qué inmensa variedad de nuances! ¡Oh, hermosa, infinita!... ¡Luego, qué fuerza, qué movilidad! En el Mediodía un tono permanece fijo. La luz inmutable del cielo le mantiene durante muchas horas, y lo mismo un día que otro. Mas en estos países en que la luz cambia a cada instante, varía también el color; el modelado es perfecto, las gradaciones del color fondue, transforman en espeso relieve su tono general...
El Duque, que había comenzado a enumerar las ventajas de que los españoles estábamos dotados, no acababa de salir del contorno, de la luz, del color, se perdía en disquisiciones pictóricas que los comensales escuchaban con los ojos muy abiertos, sin comprender, moviendo con pereza las mandíbulas. Pero sin dejar de hablar atendía a Venturita. Prevenía sus deseos, echándole agua en el vaso, alargándole los entremeses, el pan, todo lo que pudiera serle agradable, haciendo seña al criado para que le sirviese vino cuando advertía que sus copas estaban vacías, con esa oportunidad desembarazada, elegante, del hombre educado en la cumbre de la sociedad. Venturita acogía aquellas galanterías confusa, sonriente, con vivos temblores de gratitud, sin comprender que en aquel momento no representaba para el magnate más que «la dama que estaba a su derecha».
Gonzalo, mal prevenido contra el egregio huésped, se había llegado a cansar de aquel monólogo de pintura, y cambiaba frases por lo bajo con su cuñada, embromándola, como de costumbre, con lo poco que comía:
—Vamos, Huesitos, otra chuleta, no te dé vergüenza porque este señor esté delante. Ya le hemos dicho que no se sorprendiera de verte comer tanto. Los temperamentos como el tuyo necesitan reponer la grasa.