—¡A matar el perro!
—Sí, señor; el señor Duque me dió esa orden, porque soltó una liebre después de cobrarla.
Gonzalo se puso lívido.
—¡Y qué tiene que mandar ese sinvergüenza!...—rugió sin poder proferir más palabras, arrebatando al mismo tiempo la cadena de manos de Ramón, con tal fuerza, que le hizo tambalearse. Y se dirigió a paso largo hacia casa, arrastrando al perro, dispuesto a interpelar al Duque de un modo violento. Mas antes de llegar, tuvo tiempo a reflexionar que su posición era muy delicada. Reñir con el huésped por cosa tan baladí, a los ojos de todo el mundo, por más que a los suyos no lo fuese, pasaría seguramente por el colmo de la grosería. Contentóse al fin con mandar al Polión a la perrera, y saludar al magnate con un poco de frialdad.
La antipatía, sofocada un instante, volvió a despertar con más fuerza. La amistad, las atenciones del Duque con su esposa, comenzaron, no ya a chocarle como antes, sino a herirle. No se le pasaba por la imaginación que tuviesen más carácter que el de finezas o galanterías usadas en la alta sociedad. La edad del prócer y la de su esposa parecía alejar todo motivo de celos. Sin embargo, «aquellas mojigangas iban picando ya en historia». Un día, hallándose a solas con Cecilia, le preguntó de pronto bruscamente:
—Vamos a ver, Cecilia, ¿a ti qué te parece de la intimidad que va adquiriendo mi mujer con el Duque?
La joven quedó sorprendida.
—¿Qué me ha de parecer?—le contestó mirándole con sus grandes ojos serenos.—Que por lo visto Ventura le ha sido más simpática que los demás de casa.
—Pero esa preferencia, ¿no te parece que va siendo ridícula para mí?
—¿Por qué?