—Porque sí... porque lo es—replicó con energía.
Después de unos instantes de silencio, añadió con gravedad:
—Tú, Cecilia, no sabes aún lo fácilmente que queda un marido en ridículo cuando tiene una mujer tan frívola, tan imprudente como Ventura.
—¡Gonzalo!
—Tan imprudente, ¡sí!... ¿Pero tú no observas qué afán tiene de hablar aparte con él, el placer que experimenta cuando todo el mundo la ve colgada de su brazo?... No me digas nada... Ya sé, ya sé que es pura vanidad. Toda su vida ha tenido el mismo carácter orgulloso y fantástico. Aunque no quieras convenir en ello, bien lo sabes. Pero aquí su vanidad puede traer consecuencias muy desagradables para mí... y para todos. Bueno que cada día se ponga un traje distinto, pensando que el Duque se va a fijar en ellos. Pase que se recorte las uñas en triángulo, y se dé colorete, y se descote, y hable de los cuadros de Meissonier, sin haberlos visto, y haga otra porción de cursilerías por el estilo. Pero, querida mía, esas sonrisitas delante de gente, esos apartes no son tolerables. Si esto dura algunos días más, me parece que voy a restablecer el orden de un modo que ella no puede sospechar siquiera.
Cecilia procuró calmarle. Si él mismo convenía en que todo ello dependía del carácter romancesco de Venturita, ¿a qué exaltarse de aquel modo? Los celos eran ridículos. Nadie en el mundo podría suponer que Venturita fuese a considerar al Duque sino como lo que era, un hombre casado, un viejo que podía bien ser su abuelo.
—No, si no tengo celos—decía avergonzado el joven.
—Sí los tienes, Gonzalo. Aunque no te des cuenta de ellos, los tienes... Ese furor, esa exaltación, ¿qué son en el fondo más que celos?... Y mira, chico, perdóname que te diga que es hacerte muy poco favor, y hacerle menos aún a tu mujer. Si se te ha pasado por la imaginación que Ventura puede preferir un trasto como ése a un marido como tú, la supones con bien poco gusto.
Al decir esto se ruborizó. Gonzalo agradeció el piropo con una sonrisa, sin darse por vencido. El instinto, que en él era poderoso, más que la inteligencia, le decía que sí, que era posible aquella aberración. Sin embargo, no quiso discutir, porque le humillaba defender tal supuesto, aunque fuese delante de su cuñada.
Deseaba advertir a su esposa que le disgustaban las conferencias con el Duque, sus apartes, sus muecas y sonrisas que iban ya tomando carácter de verdaderas coqueterías. Pero conocía por experiencia a Venturita, y se temía a sí mismo. Cualquier frase punzante de las que ella usaba a menudo, cualquier burla inoportuna en aquella circunstancia, podía dispararle, y él no sabía a dónde iba a parar cuando se disparaba.