—Esto.

—¿Y qué es esto?—preguntó la joven con sorpresa.

—Un periódico.

—Ya lo veo... ¿Y qué?

—Trae una gacetilla muy interesante. Léela. Aquí, en la tercera plana, debajo de estos versos.

En el gabinete había aún tres o cuatro tiestos con plantas de las que habían servido para el retrato. Este, fijo ya en un gran marco dorado, estaba arrimado a la pared, esperando la hora de ser colgado en el salón. Los ojos de Gonzalo, al tropezar con él, se habían obscurecido todavía más. Y eso que la imagen de su esposa, más rubia que un canario y más colorada que una rosa de Alejandría, miraba al cielo con una expresión mística que jamás él la conociera. El Duque hablaba de enviar el retrato al Salón de París.

Mientras Ventura leyó la gacetilla, no le quitó ojo, escrutando con anhelo inconcebible los rasgos de su fisonomía. Pero ésta permanecía inalterable. Sólo al terminar y ofrecerle de nuevo el periódico, la encontró ligeramente pálida.

—¿Por qué me mandas leer esto?... No entiendo...

—Voy a explicártelo—repuso Gonzalo con acento de ira concentrada, recalcando mucho las sílabas.—Te he mandado leer esto, porque el mandarín de que aquí se trata, es el duque de Tornos, la china eres tú, y el chino yo... ¿Lo entiendes ahora?

Al decir esto, la miraba con extraña y terrible fijeza, apretando con mano crispada una rama de la planta que tenía a su lado.