Ventura recibió aquella mirada sin pestañear, con sorpresa más que con susto. Vaciló un instante, moviendo un poco los labios para contestar. Por último soltó una gran carcajada.
—¡Ave María, qué barbaridad!
—Seamos serios, Ventura—replicó el joven.—Esto que excita tu risa, es una cosa gravísima que puede decidir de tu felicidad y de la mía...
Ventura dió por toda contestación otra carcajada, y después otra. Parecía desternillarse de risa. Mas aquellas carcajadas no salían de adentro. Gonzalo notaba su afectación perfectamente.
—¡Cuidado, Ventura, cuidado!—exclamó con el rostro demudado.—¡Mira que estoy hablando en serio!
—¡Pero, hombre! ¡ja, ja!... ¿Quieres que no me ría, si me dices, ¡ja, ja, ja! que tú eres un chino y yo una china? ¡ja, ja, ja!
Sus carcajadas eran cada vez más sonoras y más fingidas.
—Hace ya bastantes días—profirió el joven, después de una pausa, con acento sombrío—que debiera haber puesto las cosas en orden... Esa intimidad infundada, inconveniente, estúpida, de que haces alarde, delante de gente, de tener con el Duque, me cargaba ya hasta los pelos... Pero no quería dar mi brazo a torcer. Siempre parecen ridículos los hombres celosos. Ahora bien, ¡mira, mira lo que me pasa por ser demasiado prudente!
Al decir esto, arrancó la rama que estaba apretando, y la hizo una pelota dentro de la mano.
—¿Pero estás celoso de veras?—le preguntó ella, con acento entre burlón y cariñoso.