—Si lo estuviese, me callaría, Ventura... me callaría y observaría... Y si los celos fuesen fundados, he aprendido lo que se debe hacer antes que el cura me leyese la epístola de San Pablo... Pero aquí no se trata de celos... Ni la edad, ni la posición del Duque permiten bien que los haya, ni yo te hago la ofensa de suponer que le prefieres a mí. Lo que hay, es el ridículo que ha caído sobre mí por tus imprudencias. ¿Tú no ves, desdichada, que el público nos observa, que tenemos muchísimos enemigos, y que éstos se han de aprovechar del más mínimo pretexto para zaherirnos?
—Bien, confiesas que esto no es más que un pretexto para mortificarte—dijo la joven poniéndose seria.
—Sí, pero fundado en lo que tú has hecho arrastrada de esa vanidad necia, que en vano he querido arrancarte del alma.
—Entendámonos, Gonzalo. ¿Qué es lo que yo he hecho?—profirió ella con voz irritada.
El joven guardó silencio mirándola fijamente. Después de unos instantes dijo con lentitud:
—Demasiado lo sabes. El repetirlo, me humilla.
Hubo otro rato de silencio. Ventura preguntó al fin con impaciencia:
—En resumidas cuentas, ¿qué quieres?
—Voy a decírtelo—contesto el joven, reprimiéndose con trabajo.—Quiero que cese esa intimidad ofensiva para mí, como acabas de ver. Quiero no pensar más en el duque de Tornos, ni ver su sonrisa protectora, ni sus modales de conquistador aburrido. Quiero volver a la calma que todos disfrutábamos antes de su llegada. Y como lo quiero a toda costa, estoy dispuesto a conseguirlo a toda costa...
Calló un instante y luego añadió con fuerza, con más fuerza de la necesaria: