—Hoy mismo, saldrá el Duque de esta casa.

Ventura le miró con estupor. Se puso repentinamente lívida, y con los labios temblorosos por la ira, exclamó:

—¿Qué estás diciendo ahí? ¿Será necesario llevarte a Leganés?... Vamos, vamos—añadió con acento despreciativo,—hazme el favor de dejarme en paz. Ve a refrescarte, porque lo necesitas.

La faz de Gonzalo se contrajo violentamente; su boca se abrió con una expresión de feroz sarcasmo, llamearon sus ojos.

—¡Ah!—rugió más que dijo.—Conque la amistad de ese cornudo (porque es un cornudo, ¿sabes? toda España está enterada). ¡Conque la amistad de ese cornudo, te interesa más que la felicidad de tu marido! ¡Conque te figuras que yo por no ser duque y grande de España, no sé hacer respetar mi honor! ¡Ahora verás! ¡ahora verás!... Mira por lo pronto lo que yo respeto a ese cornudo...

Y al decir esto, dió un puntapié al retrato, que cayó al suelo con estrépito. En seguida se puso a brincar sobre él los dientes apretados, los ojos inyectados en sangre, con una de esas cóleras fragorosas de los hombres fuertes y pacíficos. La tela quedó al instante hecha pedazos. Ventura, enteramente demudada, vomitó, más que dijo, con la osadía inconcebible de la mujer adorada:

—¡Bruto! ¡bruto!

La entonación de esta injuria era tan feroz, tan rabiosa, que Gonzalo levantó la cabeza como si le hubiesen clavado un hierro candente. Saltando sobre ella, la agarró por un brazo. La joven lanzó un grito penetrante de angustia. La mano de su esposo era una tenaza de acero que iba a triturarle el hueso.

—¡Perdónala, Gonzalo, perdónala!—entró gritando en aquel instante doña Paula.

El indignado joven volvió la cabeza sin soltar a su esposa. Al ver a su madre política, en cuyo rostro la enfermedad había hecho crueles estragos, contraído ahora por el terror, con los ojos suplicantes, las manos plegadas hacia él con mortal congoja, aflojó la suya y la dejó caer sobre el muslo.