—El choque de mi hijo político con los canallas que pretenden insultarle... Mire usted, Duque; si toma a mal la súplica que acabo de hacerle, se equivocará mucho... Nosotros estamos tan honrados con su estancia en nuestra casa, que nada nos ha causado tanto orgullo como esa preferencia... Mi marido la ha solicitado con empeño, y ha recibido gran alegría cuando supo que usted había aceptado su invitación... ¿Cómo puede nadie figurarse que yo no me encuentre satisfecha teniendo en mi casa a una persona tan elevada, yo que soy una pobre mujer del pueblo, hija de un marinero, nieta de un sereno, a quien toda la villa llama la Serena, como llamaron a mi madre y a mi abuela?... Verdad que si hubiera sido hace algunos años, estaría más orgullosa... Los desengaños, las tristezas, van labrando la soberbia... Pero de todos modos estoy muy contenta, y sólo el temor a los grandes disgustos que pueden venir a mis hijos, me ha obligado a dar este paso... que usted me perdonará...
Don Jaime dió otro paseo por la sala, se detuvo en el medio a meditar unos instantes, y concluyó por hacer un gesto de desdén con los labios, levantando al mismo tiempo los hombros. Luego vino hacia doña Paula y le preguntó:
—¿Su marido tiene conocimiento del paso que usted acaba de dar?
—No, señor..., y me alegraría de que pudiera arreglarse todo sin que él se enterase...
—Perfectamente. Hoy mismo quedará usted complacida.
—¡Oh, señor Duque! Mil gracias... Usted sabrá perdonar...—exclamó levantándose y extendiendo hacia él las manos.
El magnate se limitó a inclinarse profundamente sin contestar.
—Le suplico que no me guarde rencor...
—Lo que acabamos de hablar quedará secreto entre nosotros. Buscaremos medio de que nadie sospeche el motivo de mi marcha. Procure usted desempeñar bien su papel. Yo respondo del mío.
Doña Paula salió de la estancia escoltada por el Duque, que la despidió a la puerta con una exagerada y silenciosa reverencia.