Allá en el fondo, sentíase halagado de aquella suposición.
—¡Oh! señor Duque, los hombres de la posición de usted, no son nunca viejos. El brillo atrae mucho a las mujeres... Por eso no basta que usted se reprima en adelante y sea prudente. Es necesario quitar al mundo todo pretexto para murmurarnos...
El Duque se puso repentinamente pálido. Vaciló unos instantes, y dijo al cabo:
—Saliendo yo de esta casa, ¿verdad?
—Ese era el favor que venía a pedirle—dijo ella sin levantar los ojos, con entonación humilde.
Don Jaime se puso aún más pálido. Dió una vuelta por la estancia arrugando con mano crispada el gorro turco, dejó escapar una risita sarcástica, y volviendo a plantarse delante de doña Paula, dijo con burlona arrogancia:
—¿De modo, señora, que me echa usted de su casa?
—¿Yo, señor Duque?... ¡Qué idea!... Lo que quiero únicamente es devolver la calma a mis hijos, y evitar un choque...
—¿Qué choque?—preguntó el Duque, por cuyos amortiguados ojos pasó un relámpago siniestro.
Doña Paula adivinó un peligro para su yerno, y se apresuró a enmendar la imprudencia.