—Puede usted hacerme un favor muy grande... Un favor que le agradecería mientras tuviese un soplo de vida... Pero no me atrevo a pedírselo...
—Le repito que estoy a sus órdenes, y que todo lo que pueda hacer en su obsequio debe usted darlo por hecho...
—¡Oh, no; es una atrocidad!... Señor Duque, usted está muy lejos de sospechar que su venida a esta casa ha producido graves disgustos. Su carácter bondadoso y llano, la simpatía que el genio alegre y abierto de mi hija Ventura ha conseguido inspirarle, ha dado lugar a habladurías en el pueblo...
—¡Oh!—interrumpió el Duque sonriendo, para ocultar cierta emoción de vergüenza.
—Sí; habladurías muy ofensivas para todos nosotros, pero principalmente para mi hijo político, a quien queremos en casa como si fuese hijo verdadero... No le recrimino a usted ni a ella. Creo que en usted no ha habido más que exceso de amabilidad, que en un pueblo remoto como éste, donde todo choca y se comenta, acaso no ha debido usted tener... En ella ha habido la imprudencia y la ligereza que siempre han sido sus defectos. Es una chiquilla que tiene la voluntad virgen, como suele decirse... Si este pueblo no estuviese dividido, no hubiera esa maldita guerra que a todos nos mata, acaso nadie se hubiera fijado... Por desgracia, nuestros enemigos buscan el más pequeño pretexto para mortificarnos y sacarnos a la vergüenza... Se ha publicado ya una gacetilla que hiere de un modo escandaloso a mi yerno... y esto no lo puedo consentir.
Doña Paula había ido perdiendo su cortedad a medida que hablaba. Las últimas palabras las pronunció con energía. A la faz terrosa del Duque había acudido un poco de color. Por la cabeza debieron pasarle ideas graves y tristes; pero en realidad no le pasó más que la siguiente: «Esta mujer me está dando una lección».
—Siento mucho, señora—dijo con expresión soberbia,—haber ocasionado a ustedes un disgusto... Pero estoy tan acostumbrado a que el público se fije en mis actos y los comente a su gusto, que esas habladurías y esas gacetillas de que usted acaba de hablarme, no me causan la más mínima molestia. Los pequeños se vengan de la superioridad de los grandes, murmurando de ellos. Es ley eterna que no se debe contrariar.
—Todo eso está muy bien, señor Duque. A un personaje tan alto como usted, no pueden llegar las murmuraciones del pueblo... Pero a nosotros es muy distinto. No estamos colocados en esa altura y las malas lenguas, crea usted que nos hacen muchísimo daño...—respondió doña Paula con inocencia que resultaba profundamente irónica.
El Duque algo impaciente, jugando nerviosamente con el gorro que tenía en la mano, replicó:
—Repito que lo siento mucho, señora. Si hubiera sabido que mis inocentes atenciones con su hija pudieran interpretarse tan malignamente, me hubiera guardado bien de prodigárselas... En adelante procuraré ser más cauto... Pero, ¡Dios mío!—añadió riendo.—¿Cómo es posible figurarse que un hombre de mis años pueda mirar a una niña como Ventura, sino con ojos paternales?