—Señor Duque, usted nos ha honrado mucho viniendo a esta casa. Nunca le agradeceremos bastante esta prueba de estimación que nos ha concedido...

El Duque se inclinó, levantando al mismo tiempo los pesados párpados para dirigir a su interlocutora una mirada, donde se traslucía la inquietud y la curiosidad.

—¿Por qué no se sienta usted?—preguntóle doña Paula interrumpiendo su discurso.

—Estoy bien, señora; siga usted.

Con aquella interrupción se turbó. No supo proseguir en algunos segundos. Al cabo murmuró:

—¡Es una desgracia!... No sabe usted, señor Duque, lo que está pasando por mí en este momento. ¡Quisiera morirme!

Y las lágrimas acudieron a sus ojos. Sacó el pañuelo, y ocultó el rostro con él.

El Duque, cada vez más inquieto, le dijo:

—Serénese usted, señora. Soy un verdadero amigo de usted y de Belinchón. Cualquiera que sea el disgusto que usted tenga, yo lo comparto como si fuese mío también, y estoy dispuesto a hacer todo lo que esté de mi parte para calmarlo.

—Muchas gracias... muchas gracias—murmuró la señora sin separar el pañuelo de los ojos. Al cabo de un rato de silencio, dijo con voz temblorosa: