—Dile que deseo hablar con él.
Mientras el doméstico fué a avisar a su señor, doña Paula creyó que las fuerzas iban a faltarle. Comenzó a sentir los síntomas primeros de una de aquellas sofocaciones que de vez en cuando le daban. Pero la firme voluntad de devolver la calma a sus hijos venció a la enfermedad en tal instante. Encomendóse devotamente a la Virgen de las Mercedes, y penetró con resolución en el gabinete-estudio de don Jaime.
El cual, vestido medio a lo oriental con un traje estrambótico que usaba por las mañanas dentro de casa, salió a recibirla teniendo aún en las manos el pincel y la paleta.
—Señora—dijo inclinándose respetuosamente, quitando el gorro turco que le cubría la calva,—mucho siento que usted se haya molestado en subir. Bastaba un aviso para que yo me hubiera apresurado a ir a ponerme a sus órdenes.
Doña Paula respondió con un gesto de gracias, llevándose la mano al corazón que le saltaba dentro del pecho como un potro desbocado.
El Duque la examinó con sorpresa.
—Siéntese usted, señora—la dijo, depositando la paleta y el pincel sobre una silla.
Sentóse, en efecto, en una butaca. Don Jaime permaneció en pie.
—Hay que cerrar la puerta—dijo ella tratando de levantarse nuevamente. Pero el caballero se apresuró a hacerlo. Después vino a colocarse frente a la dama, cuadrando los pies en actitud exageradamente respetuosa, esperando a que ella hablase.
Tardó aún algunos momentos. Al fin, elevando hacia él sus ojos doloridos, dijo: