—No seas niño, Gonzalo—repuso la señora.—El arreglo de este asunto me corresponde a mí, ya que Rosendo, fuera de su política, ni ve, ni entiende, ni oye. Un escándalo ahora, te pondría en ridículo...
—¡Pues aunque así sea!—exclamó el joven con rabia.—Quiero tener el gusto de arrojarle de casa.
—Me obligas a decirte, Gonzalo—replicó doña Paula con impaciencia y autoridad,—que no tienes ningún derecho a hacerlo. Ni tú le has invitado, ni eres el dueño de la casa...
El joven se puso colorado. Observando su confusión, la señora añadió con acento cariñoso:
—Tú eres un hijo nuestro, y los hijos no deben intervenir en estos asuntos, que corresponden a los padres. Nosotros tenemos el deber de velar por vuestra felicidad, sacrificarnos por ella. Yo haré que el Duque salga de esta casa, sin escándalo, sin que se entere nadie del motivo, sin exponerte a cometer una bajeza, de la cual te arrepentirías... No creas que lo hago por él, a quien detesto... Desde que llegó me ha sido profundamente repulsivo ese hombre. ¡Ahora que veo lo que ha traído a nuestra casa, figúrate cómo le querré! Lo hago únicamente por ti, a quien quiero, no diré más que a mi hija, porque los hijos... ¡Oh, los hijos!... Tú ya sabes lo que son... pero tanto, por lo menos... y a quien estimo mucho más...
Gonzalo, enternecido, se dejó caer en una silla. Comenzó a sollozar como un niño, con el rostro entre las manos. La buena señora le puso la suya, pálida y descarnada, sobre la cabeza, diciendo con lágrimas también en los ojos:
—¡Pobre hijo mío! Aguárdame un instante. Voy a decir a ese señor lo que hace al caso.
Subió la señora de Belinchón la escalera de caracol que conducía al piso segundo. Arriba tropezó con el ayuda de cámara de su huésped.
—¿Qué hace el señor Duque?—le preguntó.
—Está pintando—respondió el criado mirando con sorpresa y curiosidad los ojos llorosos de doña Paula.