Ventura no se lo hizo repetir. Salió con precipitación del gabinete.

Cecilia entonces arrastró al Duque con fuerza hacia uno de los divanes, y le dijo:

—Siéntese usted.

El magnate la miró demudado, y preguntó:

—¿Para qué?

—¡Siéntese usted, le digo!—pronunció con rabia la joven, y al mismo tiempo, poniéndole las manos sobre los hombros, le empujó hacia abajo.

El Duque se sentó al fin. Acto continuo, Cecilia lo hizo sobre sus rodillas; le echó los brazos al cuello; reclinó su cabeza sobre la del noble, llegando a poner los labios sobre su rostro.

En aquel momento se oyeron pasos precipitados en el corredor. Se abrió la puerta violentamente, y apareció Gonzalo con el estoque desenvainado. Cecilia volvió la cabeza y dió un grito. El joven retrocedió asustado al reconocer a su cuñada. Soltó el arma que empuñaba, empujó otra vez apresuradamente la puerta, y se fué tropezando, lleno de confusión, hacia su cuarto matrimonial.

Ventura estaba leyendo tranquilamente a la luz de un quinqué. Al ver a su esposo delante, se levantó asustada.

—¿Qué es eso? ¿Cómo estás aquí?