Cualquier actriz le compraría de buena gana aquella actitud y la inflexión de la voz.

Gonzalo se detuvo cortado, sin saber qué decir. Salió del compromiso exclamando:

—¿No sabes el escándalo que está pasando en nuestra casa?

—¿Qué ocurre?—profirió la joven viniendo hacia él, con la faz tan desencajada, que si Gonzalo tuviese un temperamento observador, comprendería que no podía ser solamente por su presencia.

Cerró la puerta y le dijo al oído:

—¡Tu hermana está en el gabinete persa con el Duque!... ¿No sabes nada?... Di la verdad—añadió cogiéndola por la muñeca.

Ventura se confundió, vaciló, tembló, bajó los ojos admirablemente. Al fin dijo:

—¿Cómo quieres que yo lo sepa, Gonzalo?

—¡No mientas, Ventura!—exclamó con ademán furioso. En el fondo sentía una alegría inmensa, infinita.

—Te digo la verdad... No lo sabía... Pero sospechaba algo... Por eso me asusté... Cuando tú entraste, estaba pensando en ir al cuarto de Cecilia, a ver si estaba en él...