—¡Qué atrocidad! ¡Qué escándalo!... ¡Pero ese infame!... Es menester tomar una determinación... Debe concluir esto, sin que nadie se entere...
—Sí, sí... ¿Pero qué quieres que hagamos?
—Yo no sé... Hablaré a tu padre... No, a tu padre, no... El pobre recibiría un golpe mortal... Hablaré al Duque... ¡Ya veremos si se resiste!
Justamente en aquel momento oyeron ruido en el cuarto contiguo.
—Cecilia entra en su habitación—dijo Ventura.—Voy ahora mismo a hablar con ella. Todo terminará y quedará en secreto... No quiero que tú te comprometas, Gonzalo mío—añadió echándole los brazos al cuello.
Gonzalo hizo un gesto de desdén.
—No, no; no quiero. Es mejor que yo hable con Cecilia... Aguárdame un instante...
Su marido la detuvo al tiempo de salir, y la dijo en voz baja:
—No digas palabras feas. Procura estar prudente... El infame es él, que se ha aprovechado de su estancia en nuestra casa... ¡Qué miserable!
Ventura salió del cuarto y se dirigió al de su hermana temblando de susto. La heroica joven, cuando aquélla abrió la puerta, estaba en pie en medio de la habitación, con los brazos caídos y la vista fija en el suelo. Ventura cerró la puerta cuidadosamente, y se dirigió a abrazarla, murmurando con voz trémula: