—¡Oh hermana mía, gracias, gracias!
Pero Cecilia la rechazó brutalmente con un gesto de orgulloso desprecio, exclamando:
—¡Lo he hecho por él; no por tí!
XVIII
Donde tira Doña Brígida de la manta
Cecilia no volvería más. Comprendía la fealdad de su conducta. Arrepentíase de haber dado ocasión para que los enemigos de Gonzalo le injuriasen, dudando de la honradez de su esposa. Daba su palabra y hacía juramento solemne de que aquellas escandalosas citas nocturnas no se repetirían. Tal fué el recado que aquella noche trajo Ventura a su marido.
En los días que siguieron, éste no se mostró irritado, ni aun severo con la delincuente. Toda su cólera y malquerencia eran para el Duque. Le acusaba de haber abusado inicuamente de la confianza de su suegro para despertar en la pobre Cecilia pasiones que siempre habían estado dormidas. Tratábala con afabilidad, hasta con mimo, lo mismo que a un niño enfermo, queriendo persuadirla a que no había perdido nada de su afecto. Mas esta amabilidad era tan humillante para ella, veíase detrás un hombre tan satisfecho, tan alegre de su culpabilidad, que la joven la rechazaba con aspereza: no lograba, por muchos esfuerzos que hacía, aparecer sensible a tal generosidad. Encerrábase en su cuarto sin atender como antes al cuidado de las niñas: aparecía tan seria y reservada a las horas de comer, que llegó a despertar la atención de don Rosendo, con hallarse este gran patricio más que nunca absorto en la alta dirección de la batalla del pensamiento que se libraba en Sarrió. Y con la perspicacia que le caracterizaba, en seguida comprendió que se trataba de «un decaimiento físico y moral, procedente de la vida monótona de la aldea. La juventud pide lo suyo, y hay que dárselo».
—Tú estás mal, Cecilia. Te veo pálida y triste. Necesitas salir de aquí y vivir con más expansión, en un medio más a propósito para los jóvenes. Iremos a pasar un par de meses de primavera a Madrid. En la aldea te asfixias, como un pájaro dentro de la campana de una máquina neumática.
Este gran pensador tenía a veces símiles felices, arrancados como el presente a las ciencias físico-naturales. En la viveza con que la joven aceptó el ofrecimiento, entendió que, como siempre, había dado en el clavo.
Ventura aparecía como antes. La terrible escena que había pasado, el sacrificio de su hermana y su justo desprecio después, no habían dejado huella en su vida. Hacía lo mismo que antes. Se mostraba tan cuidadosa de su persona y descuidada de las otras como siempre lo había sido. Sin embargo, cuando se encontraba con la mirada clara y penetrante de su hermana, bajaba la suya prontamente. Desde la noche del suceso, huía de encontrarse a solas con ella. Era bien fácil, porque Cecilia tampoco tenía deseo alguno de cruzar la palabra con la infiel.