Gonzalo, enteramente seguro ya de ella, gozaba de esta seguridad con deleite. Entre los esposos había habido con tal motivo una recrudescencia de cariño. Ventura le había exigido que nunca más volvería a dormir fuera de casa. El lo prometió solemnemente. Pensando en la falta de su cuñada, se repetía con frecuencia:

—«Del agua mansa me libre Dios, que de la corriente me libraré yo». Y desde entonces no sólo perdonaba a su mujer aquella ligereza y frivolidad, afición al lujo y carácter altanero que tanto le habían disgustado, sino que llegó a ver en estos defectos una garantía de su fidelidad. No hay nadie sin defectos, se decía, y es preferible que tenga éstos al que yo había imaginado.

Cinco o seis días después del suceso relatado, El Joven Sarriense insertaba una gacetilla donde pérfidamente se insinuaba la misma idea que le había obligado a hacer aquella memorable excursión nocturna a Tejada. La leyó sin emoción, con la sonrisa en los labios, burlándose en su interior del engaño que sus enemigos padecían. Sin embargo, como al fin y al cabo era una injuria la que venía allí escrita, resolvió castigar a los insolentes, aunque no de un modo trágico. Por la noche se introdujo súbitamente de modo sigiloso en la redacción del Joven Sarriense. No estaban allí a la sazón más que tres redactores. Uno de ellos era el traidor Sinforoso Suárez. Sin decirles una palabra, cayó sobre ellos a puñadas y puntapiés, con tal maña y coraje, que no pudieron hacer resistencia. Cuando alguno se levantaba del suelo, un tremendo revés a mano vuelta le tumbaba de nuevo. No sólo los tumbaba a ellos, sino también las mesas y los armarios, haciendo mayor destrozo que un terremoto. Cuando se cansó de sacudirles la badana, salió muy tranquilo a la calle riendo. Acudía ya a las voces de socorro alguna gente; pero él les dijo:

—Nada, señores, que se están pegando ahí arriba los redactores del Joven... A ver, guardia, suba usted y diga a esa gente que si continúan dando escándalo me voy a ver precisado a mandarles a la cárcel.

Cuando se supo la verdad del caso, se rió mucho esta salida. Los del Camarote se pusieron frenéticos. Pero Gonzalo, no tanto por su cualidad de alcalde, como por sus puños terribles, inspiraba tal respeto, que al fin se resignaron a quedarse con la justísima paliza que a tres de sus colegas les habían administrado.

Pasó el Carnaval sin gran animación. Ya no se formaban en Sarrió aquellas celebradas comparsas y cabalgatas, que llamaban la atención de toda la provincia, y hacían de esta villa una Venecia en miniatura.

En otro tiempo, todos los vecinos tomaban parte en aquella inmensa, desenfrenada alegría. Los ricos no sólo proporcionaban sus coches y caballos, sino también abrían suscripciones para encargar trajes lujosísimos a Madrid. Estas comparsas iban arrojando anises, almendras y caramelos a los balcones, sin darse punto de reposo. Los bailes del Liceo, si no tan brillantes, eran tan animados y divertidos como los que se celebran en los palacios más opulentos de la corte. ¡Oh, el Carnaval de Sarrió! ¡Quién en la provincia septentrional, donde estos sucesos se efectúan, dejará de tener recuerdos vivos y gratos de él!

Pero con la lucha política entre güelfos y gibelinos, entre los del Saloncillo y los del Camarote, todo se había huído. Cada cual se encerraba en su casa. Sólo se veía por la calle tal cual empedernido máscara haciendo las delicias de un enjambre de chiquillos que le seguían. Los esfuerzos titánicos de don Mateo no habían bastado tampoco a prestar animación a los bailes del Liceo. En vano iba conferenciando con todas las niñas casaderas de la población, para arrancarles la promesa de asistir, lo cual, en verdad, no le costaba gran trabajo. Mas en cuanto el papá se enteraba, fruncía el entrecejo y decía gravemente:

—Ya veremos, don Mateo, ya veremos.

Este veremos significaba, las más de las veces, una prudente abstención. Podían estar allí Fulano o Mengano, con los cuales, el buen papá, no quería compartir ni la atmósfera.