—Que entren.

Entraron dos caballeros de Nieva. El uno era el marqués de Soldevilla, hombre de media edad, enteramente rasurado, color erisipeloso y dientes amarillos, que hablaba muy alto para aparecer campechano: el otro, un coronel retirado, llamado Galarza, viejo, canoso, y hombre de pocas palabras y amigos. Venían de parte del Duque a arreglar un asunto grave, que había acaecido la noche pasada, en el terreno del honor. El duque de Tornos no quería dejar al señor de las Cuevas sin la reparación que le debía. Huir en aquella ocasión, no entraba en sus costumbres y carácter, ni era digno de su jerarquía social. Pero al mismo tiempo, en interés de Gonzalo y de él mismo, exigía que todo se llevase a cabo con el mayor secreto posible.

Gonzalo dejó hablar al Marqués, que fué prolijo hasta la impertinencia, sin pestañear, afectando una tranquilidad que no sentía.

—Está bien—dijo cuando terminó.—Acepto, desde luego, el desafío. Estoy pronto a realizarlo como y cuando ustedes gusten... Un poco original es—añadió, al cabo, con risita nerviosa, que disfrazaba mal la cólera que le dominaba.—Un poco original es que sea el señor Duque quien desafía, siendo yo el ofendido. Ese acto, a la verdad, más que en la caballerosidad parece inspirado en el miedo.

—Señor de Cuevas—interrumpió agriamente el ex coronel,—nosotros no podemos consentir que en nuestra presencia se permita usted esas apreciaciones.

Gonzalo le miró con ojos distraídos, como si no hubiese oído, y siguió diciendo:

—En realidad, yo podía y hasta debía rechazar este desafío, porque no es costumbre que los hombres decentes se batan con los granujas, aunque éstos lleven un título del reino.

—Señor de Cuevas—profirió Galarza montando en cólera,—esto es insufrible. Yo no tolero que usted hable de ese modo.

—El duque de Tornos es un granuja, ¿sabe usted?—respondió mirándole fija y provocativamente a los ojos.

La verdad es que hubiera sido gran temeridad meterse con Gonzalo en aquel instante. Galarza se puso pálido, y dijo levantándose: