—Está usted en su casa. Yo me retiro.

—¿Quiere usted que vaya a decírselo fuera?—exclamó impetuosamente, levantándose también.

—Señores—gritó con voz cascada el Marqués,—un poco de sosiego. Galarza, no tiene usted derecho a irritarse. El género de ofensa que nuestro apadrinado ha hecho al señor (y siento tener que referirme a ella), le disculpa para extralimitarse en la apreciación de su carácter. Creo que en el momento que acepta el duelo, hace bastante y atenúa por completo el sentido de sus palabras, hijas de la irritación natural en que se encuentra...

Gonzalo estuvo por dejar caer la mesa, que tenía delante, sobre el necio conciliador. Permaneció inmóvil y silencioso, no obstante, porque deseaba ya ardientemente verse frente a frente con el Duque. El ex coronel volvió a sentarse a ruegos de su compañero. Por temor a su temperamento irritable o por vengarse, no volvió a pronunciar palabra.

Gonzalo manifestó que nombraría a dos amigos para que se entendieran con ellos, los cuales irían al día siguiente por la mañana a Nieva. Por lo tanto podían volverse desde luego a este pueblo, a no ser que le hiciesen el honor de ser sus huéspedes aquella noche...

Los amigos del Duque dieron las gracias: se dispusieron a marcharse. Cuando ya estaban en pie les dijo Gonzalo dirigiéndose, por supuesto, solamente al Marqués.

—Deseo que tanto las conferencias que celebren ustedes con motivo de este lance, como el lance mismo, se realicen en Nieva... Porque—añadió con acento, mitad sarcástico, mitad enternecido,—por más que a ustedes les parezca raro, todavía hay en esta casa personas que me aman.

Los padrinos prometieron complacerle, y se retiraron dando la vuelta a Nieva.

Cecilia los vió partir y se puso a rondar el cuarto de su cuñado sin atreverse a entrar. Este, al salir en busca de Pablito, se la tropezó en el pasillo, que estaba medio a obscuras. La joven le cogió repentinamente la mano, se la apretó con fuerza, y clavándole una mirada anhelante, le dijo:

—No te batas, Gonzalo.