El tuvo fuerzas para disimular, exclamando con desprecio:

—¡Me había de batir yo con ese canalla! ¡Nunca!... Le mataré donde le encuentre...

Creyó en sus palabras; pero volvió a decirle con voz conmovida:

—Hazlo por tus inocentes hijas.

—Por mis hijas... y por ti—respondió acariciándole afectuosamente el rostro con la mano. Y se apresuró a alejarse, porque la emoción le ahogaba.

Cuando halló a Pablo, le dijo reservadamente:

—Contigo puedo hablar con franqueza. Eres un hombre y sabes bien que hay en la vida cosas inevitables. Acaban de irse los padrinos del Duque, y acabo de engañar a Cecilia prometiéndole no batirme. Como tú comprendes, eso es imposible...

—¿Por qué?... No: tú no debes batirte... ¡Yo soy, yo, el que ha de matar a ese miserable!—exclamó fogosamente el hermoso mancebo.

—Gracias, Pablo, gracias—respondió Gonzalo gravemente con voz temblorosa, apretándole la mano con efusión.—Eso no puede ser. Medita un poco sobre el asunto, y verás que te engañan tus buenos deseos y el cariño que me tienes.

Costó mucho trabajo convencerle, sin embargo. A todo trance había de ser él quien desafiara al Duque primero, y ponía en prensa su no muy repleto cerebro, para buscar argumentos que lo hiciesen natural y lógico. Sólo después de larga discusión y quedando en que, si Gonzalo sucumbía o salía herido, él retaría al Duque, se dejó persuadir de malísima gana.