Se dejó caer en ella, y ocultó los ojos con la mano.
—El golpe es rudo—dijo el marino con voz ronca después de silencio prolongado.—Una racha traidora que te ha metido la borda debajo del agua... Pero eres barco de mucha manga—añadió poniéndole las manos sobre los hercúleos hombros.—Tienes las cuadernas sólidas... Ya achicaremos el agua.
Gonzalo no contestó.
—¿Por qué no te has venido inmediatamente a casa?
—Porque hubiera sido un desaire cruel para esta pobre familia, que está profundamente afligida. ¡Se han portado conmigo tan cariñosamente!
—Si es así, has hecho bien... Pero debiste darme aviso... Eso no te lo perdono.
—¿Para qué? Cuanto más tarde recibiese usted el disgusto, mejor.
—¡No; eso no! Yo soy tu padre, Gonzalo, y debo padecer contigo... Además, mi presencia hacía falta... Me han dicho que vas a batirte con ese... ¡con ese pirata! ¿Es verdad?
—No... por ahora no hay nada—respondió el joven con alguna vacilación.
—¡No me engañes, Gonzalo! Ese desafío no puede realizarse. Vengo resuelto a impedirlo.