—No hay nada, tío. Sosiéguese usted.

—Es inútil que me engañes. Yo no me separaré de ti un momento. Aquí me quedo. Dormiré a tu lado para que no te me escapes, y te daré guardia de prima, de media y de alba.

Gonzalo quedó estupefacto. Comprendió que era necesario confesarlo todo, y abordar la cuestión de frente.

—¿Y si fuese verdad, qué, tío? ¿Se atrevería usted a impedir que su sobrino fuese a cumplir con lo que el honor exige?

—Sí, señor... ¡Pues no me había de atrever!... Sí, señor, que me atrevo—replicó el viejo, ya enfurecido.—¿Quieres que yo consienta que expongas tu vida por un pillo, por un ladrón, que se ha introducido en tu casa para robarte villanamente la honra? A los ladrones se les mata de un tiro, o se les ahorca; no se mide las armas con ellos... Tú estás obcecado, Gonzalo... Párate un momento, hombre. Da fondo al escandallo, y verás que no hay agua para marear...

—¿Qué quiere usted que haga entonces? ¿Quiere usted que le deje marchar tranquilamente para Madrid? ¿Quiere usted que le vaya a despedir, y a desearle feliz viaje, dándole las gracias además por el favor que me ha hecho?

—¡No, mala centella que lo parta, no!... Mátalo, si quieres, pero no expongas tu vida.

—Eso es muy fácil de decir, tío—replicó Gonzalo con amargura.—Figúrese usted que voy a Nieva, le busco y le pego un tiro o una puñalada y le dejo muerto... Pues desde allí voy a la cárcel, y, por bien que me vaya, no me escapo sin unos años de presidio... Aparte de que la mayoría de los hombres, aunque disculpasen la acción, no la hallarían muy valerosa.

Don Melchor se quedó unos momentos confundido, sin saber qué replicar. Aquello no tenía vuelta de hoja. Al cabo, levantó la cabeza con brío, los ojos brillantes de alegría:

—¡Ya encontré la solución!