—¿Cuál?
—Tú te estás quieto en casa. Yo me voy ahora mismo a Nieva, le desafío y le mato.
—¡Oh, tío, muchas gracias! Eso no puede ser—replicó Gonzalo, sin poder reprimir una sonrisa.
—¿De qué te ríes, ciruelo?—exclamó el buen anciano, echando fuego por los ojos.—¿Te figuras, por ventura, que tu tío es un trasto arrinconado que no puede empuñar un sable o una pistola?... ¡Oh, demonio! ¡Oh, diablo!—añadió cada vez más irritado, gesticulando como un loco por la habitación.—Yo estoy lo mismo que si tuviera veinte años... Yo subo de cuatro en cuatro las escaleras, y no me fatigo... Yo bebo cinco botellas de pale-ale, y no me tambaleo... Yo derribo un toro de un puñetazo, y trinco al marinero más forzudo y le echo al agua... ¿A que no rompes tú cinco nueces con los cinco dedos de la mano, y eso que te las echas de tan bruto?...
—Si no me reía por eso, tío... Ya sé, ya sé...
—Vamos a ver; trae esa mano... A ver si sé apretar o no sé apretar...
Gonzalo se la alargó, y el viejo marino se la apretó con todas sus fuerzas, el semblante rojo y contraído. Aunque no le lastimó gran cosa, fingió sentir un dolor agudísimo:
—¡Uy, uy!
—¿Eh, qué tal?—exclamó su tío con aire triunfal.—¿Puedo o no puedo todavía librar al mundo de un pillo?
—¡Ya lo creo que puede usted! Tiene usted más fuerza que yo... Pero no se trata de eso. Lo que hay que ver es si debe usted hacerlo; si eso sería decoroso para mí... ¿No comprende usted, tío, que el ridículo que ya por el hecho mismo de ser marido engañado, pesa sobre mí, se aumentaría de un modo inconcebible si fuese usted el que se batiese y no yo?... Este ridículo ya sé que se borra con sangre; pero ha de ser sangre vertida por mi mano.