Pero la vista de la casa de su suegro le sumió nuevamente en la tristeza. Había satisfecho su justa venganza. Pero quedaba una herida honda, cuyo agudo dolor aún no había podido sentir bien, porque la exaltación colérica en que había vivido aquellos dos días, lo sofocaba. ¡Oh! aquellas grotescas torrecillas y almenares, testigos de su luna de miel, le produjeron horrible impresión de melancolía. Parecía que una mano cruel le estrujaba el corazón dentro del pecho. Sus amigos, comprendiendo que deseaba quedarse solo, siguieron a Sarrió. Pablito le esperaba a la puerta de la quinta, y le abrazó con efusión y entusiasmo.
—¿Le has matado?—preguntóle por lo bajo.
—No sé... Creo que sí—respondió el joven más bajo aún.—¿Y tu padre?
—Mi padre... Estaba aquí hace un instante... En cuanto te vió bajar sano del coche, ha montado en la berlina que estaba enganchada ahí abajo, y se ha ido a Sarrió.
Gonzalo adivinó lo que iba a hacer y se puso más sombrío. Los dos cuñados se dirigieron silenciosos a la casa, y fueron derechos al cuarto de Gonzalo. Al cabo de unos momentos, éste, que se había dejado caer en un sofá y permanecía inmóvil, con la cabeza abatida sobre el pecho, dijo a su cuñado:
—Perdóname, Pablo... Deseo quedarme solo... No estoy en este momento para hablar.
Pablito se apresuró a retirarse.
Pasó un largo rato. La puerta se abrió de nuevo sin que el joven lo sintiese. Una sombra se deslizó hasta él y puso sobre la silla más cercana una bandeja con una taza y algunos platos.
—¡Oh! ¿Eres tú, Cecilia?
—Quieras o no, vas a tomar algo... Ya son las dos de la tarde, y estoy segura de que no te has desayunado—dijo la joven, arrimando una mesilla y poniendo sobre ella el caldo humeante.