—¡Qué buena eres, Cecilia!—exclamó él apoderándose de una de sus manos. Aquella exclamación era un grito de afecto, de entusiasmo, y a la vez de un vago remordimiento que jamás había podido desechar de sí.—¡Qué buena eres! ¡qué buena eres!—repitió con lágrimas en los ojos.—Lo que has hecho aquella noche... ¡Oh! eso no lo hace nadie... ¡Nadie!... Una santa que bajase del cielo no lo haría... Ninguno de los que vivimos a tu lado merecemos besar el polvo que pisas...
Y el joven, conmovido con sus propias palabras, sollozando perdidamente, cubrió de besos y lágrimas la mano que tenía cogida.
Cecilia se puso fuertemente encarnada primero; después pálida, y dijo en tono que resultó un poco seco:
—Deja, deja.
Retirando al mismo tiempo la mano con presteza. Al ver que su cuñado quedaba acortado, se apresuró a decir:
—Mira, cuanto menos hablemos de esas cosas, y, si posible fuera, cuanto menos pensásemos, sería mejor... Ahora lo que importa es que tomes este caldo. Después te traeré unas croquetas y un lenguado... ¿quieres?
—No tengo apetito, Cecilia—respondió haciendo esfuerzos por reprimir su emoción.
—Todo es empezar... Verás...
—No, no; de veras, no puedo pasar nada en este momento.
—¿Y si te lo mando yo?—dijo la joven. Después que lo dijo se puso colorada.