Otros tres o cuatro de las próximas embarcaciones le siguieron. En pocos minutos se formó un grupo de veinte o treinta en la punta del paredón.
—¿Quién era? ¿Le conocías?—preguntaban al que le había visto.
—Me parece que era don Gonzalo.
—¿El alcalde?
—Sí.
—Sería muy bien, sería muy bien... ¡Reterroías mujeres!
La nueva se esparció instantáneamente por la villa. Acudió al muelle una muchedumbre de gente. Dos hombres en una lancha recorrieron con un largo remo el fondo, sin dar con el cuerpo del desgraciado joven. Al cabo tropezaron con él. Se trajo un gancho, y tirando lo sacaron a flote en el mismo momento en que don Melchor, demudado, convulso, sin sombrero, llegaba al muelle, noticioso del terrible lance.
—¡Hijo de mi alma!—gritó el pobre anciano al ver sobre el agua el cadáver de su sobrino. Sus corvas se doblaron, y cayó desvanecido en brazos de las personas que le acompañaban.
Extendieron el cuerpo del suicida sobre el muelle mientras llegaba el juzgado. Aquel espectáculo tenía profundamente impresionados a todos los circunstantes, entre los que se hallaban personas de los dos bandos rivales.
Después que llegó el juez y se instruyeron las debidas diligencias, colocaron en una camilla el cadáver, y lo transportaron a su casa, porque don Rosendo, que sabía la noticia, lo reclamaba. Fué una procesión tristísima al través de las calles de la villa. Los vecinos se asomaban a los balcones, pálidos, inquietos, con la tristeza en el semblante. Gonzalo gozaba de generales simpatías.