Don Rosendo, poseído de vivo dolor, no quiso ver el cadáver de su hijo político. Se encerró en su cuarto; pero dispuso que se le colocase en el mejor salón de la casa sobre una mesa cubierta de terciopelo, que se trajesen de todas partes flores y coronas, y se preparase un entierro suntuoso.

Cecilia, por uno de esos esfuerzos heroicos que estaba avezada a hacer sobre su alma y su cuerpo, supo encerrar su pena en el fondo del corazón. Veíasela lívida, sí, pero tranquila, disponiendo por la casa lo necesario para recibir el cuerpo de su cuñado. Cuando llegó, ella misma ayudó a colocarlo en el sitio, después que se le hubo amortajado. Lo cubrió de flores, encendió los cirios, adornó la habitación con negros crespones. Después dispuso que velase el cadáver una hermana de la caridad en compañía de ella.

Dejáronlas al fin solas. Rezaron largo rato de rodillas. Cuando terminaron su rezo, Cecilia rogó a la monja que fuese a la cocina a dar orden para que se le hiciese te, porque estaba desfallecida.

En cuanto la monja salió, alzóse vivamente. Y sacando unas tijeras, cortó un mechón de cabellos de la cabeza de su cuñado, que ocultó en el seno. Cortó después de los suyos otro, y temblorosa y agitada, lo metió entre las manos cruzadas del cadáver. Luego le contempló un instante. Y bajando la cabeza, cubrió de besos aquel rostro inanimado. Los primeros y los últimos que le daba.

La esposa, la única y verdadera esposa de aquel hombre, no pudo al fin resistir tanto dolor y rodó por el suelo sin conocimiento.

FIN


OBRAS DE PALACIO VALDÉS