Pusiéronse en marcha hacia casa. Venturita echó a correr delante arrastrando a su hermano. Detrás marchaban doña Paula, Cecilia y Gonzalo. Cerraba la marcha don Rosendo con su buen amigo don Pedro Miranda. Las calles estaban obscuras. Sólo ardían a aquellas horas los faroles de esquina. La distancia entre los tres grupos se fué haciendo cada vez mayor.
Gonzalo comenzó a hacer esfuerzos desesperados por sostener la conversación con su futura esposa y suegra; pero aquélla no despegaba los labios, dominada, sin duda, por la vergüenza, y doña Paula andaba muy lejos de ser una madame Stael. Como tampoco él había colaborado en el Diccionario de la Conversación, el resultado era que ésta no prosperaba. Por cartas había llegado a tener confianza. Doña Paula ponía a menudo postdatas en las de Cecilia. Gonzalo replicaba con alguna cuchufleta, mandaba estampitas, caricaturas para Ventura, y se portaba en todo como un miembro de la familia. Pero ahora los tres experimentaban malestar embarazoso. Nuestro joven en su vida había hablado con la señora de Belinchón, y con Cecilia sólo había cruzado las palabras que hemos dicho. Luego, allá delante, Venturita reía a carcajadas con su hermano, y los novios presumían fundadamente que estaban ellos sobre el tapete. No obstante, cuando ya se acercaban a casa, la plática fué tomando calor y había algunos síntomas para creer que muy pronto iba a reinar la confianza.
Formóse un grupo a la puerta de la morada de los señores de Belinchón, que estaba situada en la Rúa Nueva, la calle más principal de Sarrió, y era grande y suntuosa para lo que allí se estilaba. Como Gonzalo no había cenado aún, don Rosendo le invitó a subir a hacerlo con ellos tan de veras, y con palabras tan apremiantes, que el joven, que no deseaba otra cosa, concluyó por aceptar. Despidiéronse el señor Miranda y su hijo Periquito, y la familia Belinchón, con el nuevo individuo que iba a formar parte de ella, subió a la casa. En el recibimiento, las señoras se despojaron de los abrigos y las toquillas. La luz volvió a turbarlos. Gonzalo pudo ver bien entonces a su novia, y observó que no había ganado nada en los años de ausencia. Estaba más alta, pero más delgada también. Los amores no ponen gordas a las niñas. La nariz, con esto, se le había pronunciado todavía más. Sólo aquellos ojos hermosos, suaves, inteligentes, persistían en brillar como dos estrellas. La transformación de Venturita, aquella niña que veía cruzar para el colegio, colgada del brazo de la doncella dando saltitos para no perder el paso, le llamó poderosamente la atención. Era una mujer, una verdadera mujer, no tanto por la estatura, como por la redondez y amplitud de las formas, como por la firmeza singular de su mirada y cierto brillo malicioso que la acompañaba. Examináronse ambos como dos extraños de una rápida ojeada. Gonzalo le dijo por lo bajo a doña Paula:
—¡Qué cambio el de Venturita! Es una joven preciosa.
Por bajo que lo dijo la niña lo oyó. Se puso seria con afectación, hizo un leve mohín de desdén con los labios, y se fué derecha al comedor, ocultando el cosquilleo placentero que aquel requiebro tan espontáneo la había causado.
La mesa estaba puesta: una mesa patriarcal de provincia, abundante, limpia, sin flores ni los demás refinamientos elegantes que la civilización va introduciendo. Y al acercarse a ella, el embarazo de Gonzalo había desaparecido. Parecía que ayer había cenado allí también. Una ráfaga de alegría sopló sobre todos. Cambiáronse palabras y risas. Gonzalo abrazaba a Pablito y le preguntaba por sus caballos. Doña Paula arreglaba la distribución de los cubiertos. Venturita, sentada ya, se atracaba de aceitunas, tirando los huesos a su hermana y haciéndole guiños provocativos, mientras ésta, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, se llevaba el dedo a los labios pidiéndole discreción. Don Rosendo había ido a ponerse la bata y el gorro, sin los cuales le habría hecho daño la cena. Su esposa invitó al joven forastero a sentarse en el puesto vecino al de Cecilia. Pero ésta se había pasado al otro extremo de la mesa, y allí se disponía a sentarse.
—¿Qué haces, chica? ¿Por qué no vienes a tu sitio?—le preguntó doña Paula con sorpresa.
La joven se levantó sin contestar, ruborizada, y vino a sentarse al lado de su novio.
La clásica sopa de manteca con huevos humeaba ya en el centro de la mesa.
—Mira, haz plato a Gonzalo... Comienza ya a servirle—le dijo después sonriendo bondadosamente, como mujer que profesaba ideas semejantes a las expresadas por San Pablo en su célebre epístola.