Cecilia se apresuró a obedecer, colmando el plato de su futuro. Este poseía ordinariamente un apetito excelente, apropiado a su grande humanidad. Ahora, sobreexcitado por el aire del mar y algunas horas de ayuno, era voraz. Comió sin dejar migaja, sin cortedad alguna, cuanto le ponían delante; y eso que Cecilia, como podrá suponerse, no tenía la mano corta en servirle. Cuando empezaba a comer, Gonzalo perdía la vergüenza. La necesidad apremiante de su organismo giganteo se imponía. En cambio, Cecilia apenas si tocaba en los manjares. Viendo en su plato dos pedacitos de jamón del tamaño de dos avellanas, preguntóle el joven:

—¿Para quién hace usted ese plato, para el loro?

—No; es para mí.

—¿Y no tiene usted miedo que se le indigeste?

Era la primera chanza que se autorizaba con su futura. Esta contestó sonriendo:

—Nunca como más.

Doña Paula acercó la boca al oído de Venturita, y le dijo:

—¿No reparas con qué ceremonia se tratan?

Venturita se lo dijo al oído a Pablo, y éste a su padre. Todos cuatro soltaron a reir, mirando a los novios, mientras éstos, confusos, preguntaban con la vista la razón de aquella súbita alegría.

—Mamá, ¿quieres que les diga de qué nos reímos?