—No es pronto, Cecilia. Tú no sabes el tiempo que aquí echan las bordadoras en cualquier cosa. Un mes ha empleado Nieves para bordar dos escudos a la chica de doña Rosario... Y más pesada que ella todavía es Martina...

—Nieves borda muy bien.

—No, como bordar no hay en la villa quien le ponga el pie delante a Martina... Tiene manos de oro.

—A mí me gustan más los bordados de Nieves.

—Pues si quieres que ella te borde la ropa, por mí...—repuso doña Paula mirando a su hija con una condescendencia maliciosa.

—¡No digo eso, mamá!—exclamó ésta toda apurada.—Sólo digo que me gusta más el bordado de Nieves que el de Martina.

Al poco rato ya había consentido en discutir la cuestión de la ropa.

Tratáronla en todos sus aspectos con la gravedad y el cuidado que merecía. A quién se encargarían los juegos de sábanas de batista, a quién los ordinarios, quién haría las camisas, dónde se comprarían los manteles, etc., etc. Todo fué tratado, medido y ponderado. Doña Paula emitía su opinión. Cecilia aparentaba contradecirla, pero en el fondo ¿qué le importaba? Lo que embargaba su alma y hacía palpitar su corazón era aquella proximidad del matrimonio, reconocida expresamente. Así, que su voz salía temblorosa y algunas veces se le anudaba en la garganta sin querer salir. Sus ojos soltaban efluvios de dicha; tenían el brillo suave y misterioso de los luceros en las noches serenas de invierno.

—¡Qué calor!—exclamaba de vez en cuando, y apoyaba las manos en sus mejillas encendidas.

Gonzalo asentía con estúpida sonrisa a cuanto decían, y estiraba a menudo sus desmesuradas piernas que, por la escasa altura de la silla, se le dormían.