Y cuando se concluyó con la ropa blanca, comenzaron con la de color. Y la conversación se enredaba; y Cecilia, sin mirar a su novio le veía; y los ojos de doña Paula, posados alternativamente en uno y en otro, se iban enterneciendo cada vez más; y los alientos se cruzaban. Los hombros de los futuros esposos se tocaban. Aquel suave cuchicheo, la dormida luz de la lámpara que apenas los envolvía, el contacto frecuente con el brazo de su amado, iban hinchendo el seno de Cecilia de una emoción voluptuosa que la desasosegaba. No pudiendo resistirla levantóse dos o tres veces para besar con vehemencia a su madre. A la tercera vez ésta se hizo cargo de lo que aquello significaba, y exclamó mirándola con ojos risueños y compasivos:

—¡Pobrecita! ¡Pobrecita mía!

Cecilia se tapó los suyos con las manos y estuvo así un rato.

—¿Qué tienes?—le dijo al fin doña Paula.

—Nada, nada.

Pero continuó cubriéndose los ojos.

—Vamos, ¿qué tienes, hija mía?

—No tengo nada—contestó destapándose al fin. Su cara sonreía; pero tenía los ojos húmedos.

—Ya sé, ya sé—dijo la señora—¿Quieres el éter? ¿Sientes opresión?

—No siento nada. Estoy muy bien.