—¿Qué dices, niña?—preguntó doña Paula, poniendo la mano en la oreja.

Cecilia levantó un poquito la voz, haciendo un terrible esfuerzo.

—Dice Gonzalo que por qué no le tratas de tú como papá.

—Ah... me alegro que haya salido de él. No me atrevía... Bueno, pues en cuanto se abra una puerta aquí, en esta pared, ya puedes pasar de la sala al despacho sin cruzar el pasillo... ¿Te gusta la habitación? ¿Es bastante grande?

—Demasiado. Mis negocios, por ahora, no exigen tanto.

A Cecilia le retozaba en el cuerpo una pregunta. Estaba inquieta. Varias veces estuvo por tomar la palabra, pero el temor la retenía. Allá, al fin, en una pausa larga, se aventuró a decir:

—Falta una cosa, mamá.

—¿Qué falta?

La joven se detuvo un instante, como para tomar arranque, y dijo al fin con voz temblorosa:

—Falta un cuarto para arreglarse Gonzalo.