—Es verdad; no me había hecho cargo... ¿Dónde tendría yo la cabeza? Pues ahora no encuentro sitio aquí cerca... Aguarda un poco... aguarda... Podríamos bajar la despensa al sótano y quedaba un cuartito, que bien arreglado, acaso serviría... Lo que hay es que no comunica con estas habitaciones. Tendrías que cruzar el pasillo.

—¡Qué importa eso!

Fueron de nuevo al comedor y se sentaron en el mismo rincón. Poco después de hacerlo apareció Venturita con un peinador blanco que dejaba ver enteramente la garganta de alabastro y una parte de su hermoso seno virginal. Traía sueltos por la espalda los cabellos, y calzaba unos lindos pantuflos bordados. Venía a despedirse para ir a la cama. Acercóse a su madre y la dió un beso en la mejilla, haciendo, mientras tanto, muecas maliciosas a su hermana, que Gonzalo no podía ver.

—Vaya, buenas noches—dijo alargando a éste la mano.

—Buenas noches—repuso él mirándola extático, con cierta especie de embelesamiento que no pasó inadvertido para la niña.

Iba a retirarse, pero un sentimiento de coquetería la hizo volver desde la puerta y preguntar a Cecilia:

—¿Dónde has colocado el calzador? He tenido que venir con chinelas por no hallarlo...

Y al mismo tiempo mostró su lindo pie.

—Pues allá está, en el cajón de la mesa de noche.

—¡Si supierais qué sueño tengo!—dijo avanzando más y colocando una mano sobre la cabeza de su hermana.—¿Sabéis con qué se quita esto?—añadió sonriendo.