Gonzalo la examinaba con atención. Era realmente una criatura perfecta. Cuanto más de cerca se la observase, más se admiraban las singulares partes de que estaba dotada. La epidermis era suave y brillante como el raso, de un color rosa desvanecido; la boca húmeda y fresca, de labios rojos un tanto grandes que descubrían al abrirse dos filas de dientes menudos e iguales; los cabellos dorados, sedosos, abundantes. Su única imperfección consistía en la estatura. Si tuviera la de su madre nadie se atrevería a ponerle un reparo, exceptuando, por supuesto, sus amigas.

Notando que la examinaban, no acababa de marcharse. Daba vueltas en redondo para que se la viese bien por todas partes, adoptaba posiciones caprichosas, afectadas, dirigía preguntas impertinentes a su hermana, reía sin motivo, la cubría de besos y la sobaba sin consideración.

—Déjame, Ventura. ¡Qué retozona estás hoy!—exclamaba aquélla con su franca sonrisa bondadosa, procurando desasirse.

—Vaya, vaya, a la cama—decía doña Paula.

—Voy.

Pero en lugar de irse se abrazaba de nuevo a Cecilia; la hacía cosquillas aprovechando cualquier movimiento para decirla al oído:

—¡Cómo estás gozando, picarona! No le eches esos ojazos, mujer, que le vas a aturdir.—Adiós, adiós, señores—concluyó por decir en voz alta...—Y dejar algo para mañana, ¿eh?

—¡Qué tonta!—exclamó Cecilia ruborizándose.

Doña Paula y Gonzalo sonrieron. Este dijo en voz baja:

—¡Qué pelo tan hermoso!