El reloj del comedor vibró, dando las doce y media. Gonzalo levantóse apresuradamente.
—¡Oh, qué tarde! ¿Qué dirá don Rosendo?
—Nunca se acuesta antes de esta hora—repuso Cecilia.
—Sí; pero ya sabes que emplea mucho tiempo en cerrar las puertas—replicó doña Paula.
Cecilia calló. Gonzalo les dió la mano con efusión, prometiendo volver al día siguiente. Después pasó al despacho del señor de Belinchón para despedirse.
La madre y la hija siguieron charlando en el mismo rincón sobre el mismo tema, recibiendo la primera un sinnúmero de abrazos y besos apretadísimos.
—Esto no es para mí—decía con cierta expresión entre alegre y melancólica.
—Sí, mamá, sí—replicaba la joven abrazándola con más fuerza.
IV
Cómo los particulares de Sarrió se congregaban en un recinto nombrado el «Saloncillo», y lo que allí se platicaba.