Don Melchor de las Cuevas se levantó de la mesa, encendió un cigarro, y dijo, ofreciendo otro a su sobrino:

—Vámonos a tomar café.

Gonzalo quiso guardarlo en el bolsillo porque jamás hasta entonces se había autorizado el fumar delante de su tío; pero éste le retuvo el brazo.

—Enciende, chiquito, enciende; ya has dejado de ser grumete.

El joven sacó un fósforo y se puso a dar chupetones al cigarro con emoción.

Salieron de la casa emparejados y bajaron lentamente por la calle disfrutando del bienestar voluptuoso que sienten las naturalezas poderosas después de una comida abundante. Parecían dos cedros gigantes, majestuosos, orgullosos de su altura. Y guardaban el mismo silencio que ellos cuando no les sopla el viento. Las mujeres que trabajaban a las puertas de sus casas los miraban con curiosidad tocada de admiración.

—¿Quién es el señorito que va con don Melchor?

—Mujer, ¿no le conoces? El sobrino; el señorito Gonzalo, que llegó ayer en la Bella-Paula.

—¡Vaya un real mozo!

—Como su padre don Marcos, que en paz descanse.