—Y como su abuelo don Benito—añadió una vieja.—¡Qué familia tan noble y campechana!

En las bocacalles por donde se descubría un cacho de mar, el señor de las Cuevas solía detenerse un momento para echar una ojeada escrutadora.

—Por ahora bonanza. Dentro de poco terral.

—¿Las ves?—dijo con expresión de triunfo al cabo de un instante.

—¿Qué?

—Las lanchas, hombre, las lanchas. ¡Cómo lo han olido!

—No veo nada,—repuso Gonzalo sacándose los ojos por columbrarlas en el horizonte.

—Sigues como antes. No ves más que la sopa en el plato—manifestó el tío sonriendo con lástima.

El café de la Marina hervía ya de gente. El rumor de las conversaciones y disputas, el campaneo de las copas, el choque de las fichas de dominó contra el mármol de las mesas, formaba un ruido ensordecedor. Estaba situado en una plazoleta que formaba la Rúa Nueva al desembocar en el muelle, y una de sus fachadas miraba al mar. Reuníanse en él la mayor parte de los capitanes y pilotos que estaban en Sarrió de paso, y casi todos los que sin ejercer el oficio habitaban en la villa, con más los vecinos que sentían de un modo o de otro inclinaciones marítimas. Al atravesar por medio fueron llamados a gritos de diferentes mesas. Don Melchor era el hombre más popular, el más querido y respetado que entraba en aquel café. Fué necesario acercarse a saludar a unos y a otros, y presentarles a Gonzalo. Aquellos lobos se extasiaron mirándole; le apretaban la mano hasta descoyuntársela, y le ofrecían con todas las veras de su corazón una copa de ron y marrasquino. Cuando la rehusaba hablando de subir a tomar café arriba, la tristeza más honda se pintaba en sus rostros curtidos.

Don Melchor tenía, en efecto, la costumbre de tomarlo en el Saloncillo. Este era un aposento del piso principal de aquella casa, que tenía comunicación con el café por medio de una escalerilla de hierro. Por ella subieron al cabo tío y sobrino. Ya estaban reunidos los notables del pueblo, sentados en un diván corrido, con sendas mesillas japonesas delante, donde cada cual tomaba su café. Por una de las puertas, que generalmente estaba abierta, se veía la sala de billar donde jugaban siempre las mismas personas rodeadas de los mismos mirones.