—Déjelos usted, señora—replicó Nieves.—Están hablando de mí: no hay que quitarles el gusto.
—Cierto; Pablo me hacía notar el color rojo de ciertos labios, la transparencia de cierto cutis, un pelo dorado a fuego...
—Valentina, entonces hablaban de ti—dijo Nieves ruborizada tocando en el muslo a su compañera.
—¡Qué gracia! No te apures, mujer. ¡Si ya sabemos que eres la más guapa!—dijo la otra visiblemente picada.
—¡Paz, paz, señoras!—exclamó Gonzalo.—Verdad que Pablo comenzó hablándome de las perfecciones de Nieves; pero también es cierto que pensaba continuar con las de todas las demás, si no se le hubiese interrumpido... ¿No es eso, Pablo?
—Desde luego: contaba seguir con Valentina...
Esta levantó la cabeza y le miró con aquel gracioso ceño burlón que daba carácter a su rostro.
—Ten cuidado, Nieves, que estos señoritos se pierden de vista.
Pablo, sin hacer caso de la interrupción, prosiguió:
—Después con Teresa y Encarnación, Elvira y Generosa. Hablaría también de Venturita (para ponerla, por supuesto, por los pies de los caballos). De Cecilia no, porque está comprometida, y algo diría también de mi señora doña Paula, que, sin ofender a nadie, es la más hermosa de todas.