—¡Qué pillastre!—exclamó ésta admirada del donaire de su hijo.
Pablo se había levantado de la butaca, y abrazó a su madre con efusión.
—¡Quita, quita, adulador!—dijo ella riendo.
—Ve aflojando el bolsillo, mamá—dijo Venturita.
—¡Lo ves! La pata de gallo de siempre—exclamó iracundo el joven, volviendo la cabeza hacia su hermana, mientras ésta se reía maliciosamente sin levantar la suya del bastidor.
—Mucho has trabajado—dijo Gonzalo en voz baja, sentándose al lado de su novia.
—Así, así—respondió Cecilia fijando en él sus ojos grandes, llenos de luz.
—Mucho, sí; ayer no tenías bordado ese clavel... digo, me parece que es clavel...
—Es jazmín.
—Ni esas dos hojas más.